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El combate donde Prat y Grau unieron fuerzas

No muchos saben que los héroes Arturo Prat Chacón y Miguel Grau Seminario combatieron juntos contra España a solo trece años de la guerra del Pacífico. La batalla se lidió en un pequeño puerto de la comuna de Calbuco en la décima región y se le conoce como el combate naval de Abtao.

LA GUERRA CONTRA ESPAÑA

Fue sostenida por Chile y Perú, como aliados, entre 1865 y 1866 y fue la ocasión para que entraran en la historia naval chilena figuras relevantes como el Capitán de Fragata Juan Williams Rebolledo, posteriormente Comandante en Jefe de la Escuadra Nacional.

-> El 18 de septiembre de 1865, el Almirante español José Manuel Pareja (hijo del General Pareja, muerto en Chile durante la campaña de 1813) recala en Valparaíso para reclamar el desagravio chileno por campañas de descrédito contra España, bajo amenaza de bloquear y destruir los dos principales puertos con su artillería. Chile declara la guerra a España, con una flota de tan sólo 2 buques con una suma de 22 cañones al mando de Juan Williams Rebolledo: Esmeralda y Maipú. Por su lado, España tiene 8 embarcaciones, con 238 cañones.

-> Las naves chilenas fueron enviadas a Chiloé a la espera de las negociaciones diplomáticas para formar una escuadra combinada chileno-peruana para hacer frente al poderío naval español. Perú se encontraba en una revolución interna y su escuadra dividida.

-> El líder revolucionario peruano, Mariano Prado, ofrece ayuda al enviado chileno, Domingo Santa María, y pide enviar a las embarcaciones chilenas a Perú para montar una expedición común. El Capitán de Corbeta, Juan Williams Rebolledo, debió sortear las embarcaciones españolas que controlaban el mar. Una vez en Perú, se entera de que esperan el desenlace de su propia revolución y emprende el viaje de regreso.

-> Los barcos chilenos recalan a reabastecerse de carbón en Lota cuando se enteran de que la goleta española Virgen de la Covadonga custodiaba el puerto de Coquimbo para impedir el contacto con el Perú. Al enterarse, Rebolledo ordena atacarla con la Esmeralda, zarpando el 21 de noviembre.

-> El de noviembre de 1865, la Esmeralda llega a Tongoy, enterándose de que Virgen de la Covadonga viajaría a bloquear el puerto de San Antonio, adelantándose. El 26 de noviembre de 1865 se llevó a cabo el Combate Naval de Papudo, cuando la Esmeralda rompió fuego contra la Covadonga. La artillería de la Esmeralda logró neutralizar al enemigo y la rendición de su Comandante, Luis Fery, entregando el mando a Manuel Thomson Porto Mariño. Rebolledo ordenó el cerrado de las escotillas para reparar la nave en puerto. La Esmeralda resultó sin bajas, mientras que la Covadonga sufrió muertes y heridos, mientras que 6 oficiales y 1 tripulantes quedaron retenidos.

La Virgen de la Covadonga pasó a ser el tercer buque de la escuadra chilena, el mismo que será utilizado posteriormente en los combates navales de Iquique y Punta Gruesa, en 1879, a favor de Chile.

Aparte de la dotación de artilleros, en la cubierta de la Esmeralda se distinguió la promoción de Guardiamarinas del curso de 1858, donde destacaron con relevancia Arturo Prat Chacón, Carlos Condell, Juan José Latorre, Luis Uribe y Jorge Montt, conocidos como el “Curso de los Héroes”, junto con otros participantes de la Guerra del Pacífico en 1879.

En medio de las conmemoraciones del Combate Naval de Iquique y sus consecuencias, hoy es poco difundida la campaña que sostuvieron Chile y Perú contra la Madre Patria, en un intento fallido por retomar esta parte meridional de sus ex colonias.

Días antes del Combate Naval de Papudo, el gobierno peruano fue depuesto por los revolucionarios y Mariano Prado asumió la Presidencia. El nuevo gobierno acordó el envío de su escuadra para unirse a la chilena en Chiloé. Antes de iniciar operaciones ofensivas contra la flota española, las fuerzas peruanas esperarían el arribo de los nuevos blindados a la isla. Se trataba de los históricamente célebres Huáscar e Independencia.

UNA BASE ESTRATÉGICA

El 3 de diciembre de 1865, inician la travesía las fragatas Apurímac y Amazonas y 44 días después las corbetas Unión y América.

En el entretanto, el recién ascendido capitán de navío Juan Williams Rebolledo, con la corbeta Esmeralda, la goleta Covadonga y el vapor Maipú, habían organizado el apostadero naval de Abtao, cerca de la isla de Chiloé. Este lugar de reunión de la flota aliada se dispuso en dos ensenadas (parte del mar que entra en la tierra) colindantes a la isla, ubicada en la ribera norte del canal de Chacao.

Se montó una maestranza capaz de reparar las naves de las naciones aliadas.

LA OFENSIVA ESPAÑOLA Y LA ESTRATEGIA ALIADA

El 10 y 14 de enero, zarpaban de Valparaíso las fragatas enemigas Villa de Madrid, al mando del comandante Claudio Alvargonzález y la Blanca, al mando del comandante Juan B. Topete, en búsqueda de la escuadra aliada.

Una semana más tarde, el Gobierno dispuso el desplazamiento del vapor Maipú hasta Magallanes, a fin de interceptar los transportes hispanos Odessa y Vascongada.

El 4 de febrero, se presentaron para el servicio en Abtao las corbetas peruanas Unión y América, muy escasas en carbón y víveres. Al día siguiente, el capitán de navío Juan Williams Rebolledo decidió ir con la Esmeralda a Ancud para procurar los elementos logísticos requeridos por las corbetas peruanas, dejando al mando al jefe de la división peruana, Manuel Villar.

EL MOMENTO DE LA VERDAD

El 7 de febrero, el vigía del apostadero anuncia a las 6.30 un buque a la vista que se creyó podría ser la corbeta Esmeralda. 90 minutos después se identifica, sin lugar a dudas, a las fragatas enemigas con una navegación muy lenta y precavida. Recién a las 3 de la tarde quedaron los contendientes a la vista.

El tiempo disponible desde el avistamiento inicial fue suficiente y muy bien aprovechado para preparar la fuerza aliada para el combate. Se calentaron máquinas y anclaron las 4 naves en línea de fila estrecha, unidas con espías (cuerdas con que se atan las embarcaciones para dar estabilidad), de manera de cubrir con sus cañones los dos accesos a la ensenada.

Se completaron las dotaciones vacantes en las dos corbetas recién arribadas, los cañones montados en tierra fueron cubiertos y se estableció una enfermería de campaña.

A las 3.30 de la tarde, la Apurímac rompió el fuego, y fue seguida por todas las unidades aliadas a una distancia de alrededor de 1.500 metros.

Durante el combate se le cortó una espía a la corbeta América. Ante ello, la Covadonga, al mando de Manuel Thomson Porto Mariño largó la suya a la Unión y fue a remolcar a la América, que se estaba bajo fuego del enemigo.

Cortado el remolque, decidió cañonear a la Blanca, que se creía varada. La Covadonga se acercó a 600 metros de su enemiga, cañoneándola por sobre el istmo (franja de tierra que une dos áreas mayores) que forma la isla Abtao y que lleva ahora el nombre de Thomson.

El duelo artillero se prolongó por casi dos horas, intercambiando entre adversarios unos 2.000 tiros, sin resultados decisivos. Esto, porque las naves españolas no se animaron a acortar la distancia, implicando para ellos el riesgo serio de varar por desconocimiento de la hidrografía de Abtao.

Optaron por retirarse hacia Valparaíso, sin haber podido dar cumplimiento a la misión asignada.

¡La fuerza aliada había triunfado en el rechazo de las naves atacantes!

UN BALANCE DEL COMBATE

En el Combate Naval de Abtao, durante la Guerra contra España en 1866, lucharon por el mismo bando y causa aliada, los jóvenes oficiales, Arturo Prat y Carlos Condell, por Chile, a bordo de la Covadonga. Por otra parte, Miguel Grau, a bordo de la Unión, y Juan Guillermo Moore, en la Apurímac, por Perú.

Todos ellos amigos fraternos y futuros comandantes rivales de la Esmeralda y Covadonga, por nuestro país, y Huáscar e Independencia por el país vecino.

Los combates navales de Iquique y Punta Gruesa tomaron lugar solo 13 años después, el 21 de mayo de 1879. Estos hombres, que debieron anteponer las prioridades de sus propias naciones a la amistad que los unía, se convirtieron en los máximos héroes navales en sus respectivos países.

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miércoles, 3 de junio de 2009

El día que no estallo la guerra con Chile - Oiga 9/08/1993

El 11 de setiembre se cumple en Chile el vigésimo aniversario del golpe de Estado contra el presidente socialista Salvador Allende perpetrado por el general Augusto Pinochet, comandante general del Ejército de esa nación. Desde el 11 de setiembre de 1973, Pinochet gobernó a Chile con mano de hierro hasta 1990, cuando se reinstauró la democracia con la ascensión del presidente Patricio Aylwin; sin embargo, Pinochet sigue manteniendo una fuerza gravitante en la política de ese país, desde su poderoso cargo de comandante general de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado que acabó con el experimento socialista de Allende, ocurrió siete meses después de que en el Perú el general Juan Velasco Alvarado, jefe del movimiento revolucionario que asumió el poder el 3 de octubre de 1968, tras derrocar al presidente constitucional Fernando Belaunde Terry, sufriera un aneurisma aórtico que le costó la amputación de una pierna (19 de febrero de 1975); la enfermedad marcó su declinación física y la de su poder, desatando pugnas internas que se resolvieron el 29 de agosto del mismo año con el pronunciamiento de Tacna encabezado por el general Francisco Morales Bermúdez.

A propósito de estas dos décadas de la historia política de Chile, la revista Qué pasa, de Santiago, ha iniciado, el 3 de julio, una serie de reportajes bajo el título los años que remecieron a Chile. El primero, publicado en tres ediciones sucesivas, toca un tema que va a causar asombro entre los peruanos porque, como lo dicen los editores de esa revista: "Aborda un suceso sobre el cual jamás ha aparecido ni siquiera un artículo que, al menos, dé una idea de lo que realmente ocurrió: la crisis que puso a Chile y a Perú al borde de una guerra entre 1973 y 1975". Este tema es tratado en dos números de 'Qué pasa'; el segundo capítulo, titulado "El acoso en tres frentes" también está vinculado a otro supuesto intento de agresión peruano a Chile ocurrido bajo el gobierno de Morales Bermúdez, esta vez con la complicidad de Argentina y Bolivia.

Indudablemente, el tema es apasionante, sobre todo porque abre entre nosotros una gran interrogante: ¿realmente sucedieron los episodios que narra Qué pasa? Por las páginas del semanario chileno desfilan militares de ese país que dan su propia versión y también figuran los nombres de militares peruanos que, según los cronistas chilenos, tuvieron participación en esa parte oscura de la historia entre los dos países. OIGA pública en esta edición las partes más importantes del capítulo que se publicó en la edición del 3 de julio y la versión completa del que apareció el 10 bajo el título 'Esperando la invasión'. La próxima semana lo haremos con el tercer capítulo.

El tema no sólo apasionará a nuestros lectores; también dará pie a que los militares peruanos mencionados por Qué pasa den su propia versión y nos permitan tener una visión más cabal de lo que realmente sucedió entre el Chile de Pinochet y el Perú de Velasco y Morales Bermúdez.

En medio de la noche, una fila de jeeps con las luces apagadas se desliza fuera del regimiento. Silenciosamente, miles de hombres toman senderos y huellas para ocupar sus posiciones. En las trincheras les esperan armas y municiones. Y mientras la enorme masa camuflada ocupa los desérticos terrenos que rodean Arica, en las calles de la ciudad algunos contingentes se ubican en puntos estratégicos. La población de Arica duerme tranquila, sin saber lo que está pasando. Pero en medio de la noche, algunas luces revelan que hay civiles trabajando. El alcalde de la ciudad revisa los últimos detalles; es él quien dirigirá la batalla en las calles. Ya su plan está listo, y todos, incluyendo los universitarios, van a jugar un papel en la defensa de la ciudad.

Es julio de 1975. Y Arica, con una población de 90.000 personas, está en pie de guerra. El Ejército chileno se ha plegado —listo para el enfrentamiento— en la más grave crisis militar de las últimas décadas. Al otro lado del límite las tropas peruanas se levantan en una gigantesca movilización sobre la frontera con Chile. Desde Lima, el gobierno de Juan Velasco Alvarado vuelve a alis­tar su poderosa maquinaria militar.

No es la primera noche y tampoco será la última en que los soldados ocupen trincheras y arenales, y en la que se teme que, finalmente, Chile y Perú se enfrenten en una sangrienta guerra. Durante meses de larga tensión, una y otra vez se repetirán los hechos. Una y otra vez Arica se aprontará a defenderse en esa larga espera que, desde hace más de un año y medio, vive el norte chileno.

El comandante del regimiento de Arica, coronel Jorge Dowling teme lo que pueda suceder ese invierno de 1975. Si hay guerra, dos alternativas se conjugan en su mente: "O Perú ve una resistencia tan feroz que no insiste en la agresión, o vivimos la historia de 'La Concepción' en grande". Como hace casi un siglo, en la sierra peruana, los soldados de Arica se aprestan a morir sitiados.

Durante 1974 y 1975 la tensión prebélica ha subido y bajado en Chile, como un tobogán. Desde que el general Juan Velasco Alvarado iniciara en el Perú el mayor rearme de su historia, el gobierno del general Pinochet se prepara para enfrentar un posible ataque peruano. Y aunque pocas declaraciones bélicas se han cruzado, en Chile persiste la certeza de que, si puede, Velasco va a intentar recuperar la zona de Arica, perdida en la Guerra del Pacífico.

Por lo mismo, en los puertos chilenos se instalan redes y sistemas de detección de submarinos. Dos veces la escuadra ha tenido encuentros con submarinos desconocidos en los mares del norte. Y ni al llegar a puerto baja la guardia de los barcos: radares y armas anti­aéreas se mantienen siempre mirando al cielo, por el peligro de los ataques. Todas las Fuerzas Armadas chilenas se han volcado al norte, aunque en Santiago nada de la tensión que se vive se filtrará a la prensa.

"Nuestra orientación en 1974 y 1975 era de preparación para el conflicto", evoca el almirante (r) Luis de los Ríos, en ese entonces jefe del Estado Mayor de la escuadra. "Estimábamos en un 60 a 70% las posibilidades de que nos viéramos envueltos en una guerra". Y como comandante del único regimiento de Arica —el Rancagua— el general (r) Adlanier Mena, también recuerda: "No una, sino muchas veces pensé que por una impredecible circunstancia íbamos al enfrentamiento".

En el Estado Mayor de la Defensa, corazón de la estrategia chilena, se estudia y planifica a todo vapor. Pero junto al acelerado rearme nacional, otro tema ocupa la mente de los militares. Una fina estrategia global ha ido cobrando cuerpo. Los generales chilenos estiman que la única forma de detener a Velasco Alvarado es demostrarle que no le será posible lanzar una ofensiva aplastante y rápida que le permita quedarse con los territorios reivindicados. Para esto, Chile se vuelca a construir un escenario que le hará saber a Perú que si va a la guerra, ésta será larga y revelará la debilidad estratégica vecina. Si bien Perú tiene una gran fuerza ofensiva, no po­see, según los generales chilenos, la capacidad logística —o de organización— como para sostener un conflicto prolongado. "En términos gráficos, el poderío peruano era como un gran puño, pero con un brazo delgado", sostiene el cientista político Emilio Meneses. En los escasos 20 kilómetros que separan a Arica de la frontera, los soldados trabajan día y noche. Con retroexcavadoras, y todo tipo de maquinaria, los regimientos pasan los días y los meses en lo que el general (r) Jorge Dowling llamaría "nuestra agricultura". Se excavan trinchera en eternos kilómetros, se levantan camellones y se instala una fábrica de tetrápodos, enormes figuras de cemento destinadas a formar diques para la contención de tanques.

Detrás de esa primera línea, se siem­bran 20 mil minas, que en 1981 llegarían a ser 60 mil. En cuadriculadas áreas, éstas son instaladas con un registro —del cual sólo existen tres copias— que revela dónde se encuentran las mortíferas cargas. Pequeños senderos, llamados brechas, permiten que los guías circulen sin riesgo. Pero si el conflicto bélico estalla, rápidamente se rellenarán las brechas con minas, y toda el área quedará intransitable.

Hacer la guerra larga no sólo significa interponer los mayores obstáculos en­tre la ciudad y la frontera. También hay que profundizar el territorio de batalla. Y si en 1974 existe en Arica un solo gran regimiento —el Rancagua— que cubre toda la frontera, en 1975 se crea el Regimiento Granaderos en Putre, con escuadrones de caballería, donde sólo existían instalaciones menores. Al año siguiente, nace el regimiento "Garra y Filo" en Alto Pacoyo, y así se continuará, hasta que en la década del '80 habrá seis regimientos en Arica, quedando en Iquique sólo cuatro, los de apoyo de mando. En un crecimiento orgánico, no sólo se desplaza gran parte de las fuerzas de Iquique hacía el norte. También hay un despliegue de los regimientos frente a la frontera, de tal forma que tanto en Arica como en alta montaña -léase Putre- se encuentran fuerzas de infantería y artillería.

El crecimiento se inicia en 1974 en las más precarias condiciones. Los hombres inicialmente van a acampar a los desiertos y áreas cercanas. La enorme marea humana convierte a la zona en un solo y gigantesco cuartel. "Vivimos enormes dificultades de alojamiento, alimentación y recreación para miles de hombres", recuerda un alto militar del norte. Similar proceso vive también en esos años la Fuerza Aérea y la Armada. Apresuradamente, ante el peligro de guerra, crea un teatro de acuerdo a la amenaza. En el caso de la Fuerza Aérea, después de la construcción de la base de Chucumata, nuevas pistas de redespliegue surgen en medio del desierto.

La adquisición de armamento también se orienta a demostrarle a Perú la larga guerra que se viene. Se triplica la cantidad de armas antiblindajes, que enfrentará a los tanques desde el suelo, con hombres escondidos en los came­llones. Y se adquirieron aviones F-5, así como los norteamericanos A 37: éstos volarán delante de las fuerzas de tierra, destruyendo tanques. La única ventaja de Chile en ese entonces —que vive una profunda crisis económica agudizada por la baja del precio del cobre y el shock petrolero mundial— es que las armas defensivas son sustancialmente más baratas que las ofensivas, que requiere y compra Perú.

En la acelerada preparación, todo vale. Y desde 1974 en adelante los uniformados chilenos harán uso, también, del ingenio militar. En Arica se creanvariadísimos elementos defensivos "made in Chile", como los tetrápodos, queirán a obstaculizar el paso de los tanques. Se estudian las posibles zonas dellegada de paracaidistas, para diseminar allí gigantescas púas de acero. Y mientras en el día se trabajé en trincheras y camellones, por las noches el comandante Odlanier Mena, del Regimiento Rancagua, lee Oh Jerusalem —relato de la lucha judío-árabe— donde toma ideas de defensa 'casera'.

Sin embargo, los ojos de la Defensa chilena no sólo están puestos en hacerle cada vez más costosa la guerra a Perú. Quizá la imagen más dantesca de esta guerra que no sucedió hubiera sido el escenario de Arica. En caso de enfrentamiento, el objetivo peruano sería conquistar Arica. "Era la carne de cañón, como cualquier ciudad fronteriza del mundo", recuerda un militar. Los ejércitos peruanos se encontraban demasiado cerca, y después de agredir con dos divisiones de tanques, vendría la batalla en las calles de la ciudad. Fuerzas peruanas aerotransportadas caerían sobre Arica después de los bombardeos y la poderosa brigada paracaidista peruana —entre 1,200 y 1,500 hombres— aparecería sorpresivamente. Los paracaidistas peruanos caerían más al sur de la ciudad, en lugares estratégicos que les permitieran cortar y aislar la zona norte del resto del país. Y otras fuerzas de infantería peruana buscarían el mismo objetivo, penetrando por el lado de Putre para bajar hacia el sur y hacer un envolvimiento hacia la costa. Así dejarían a Arica como un bastión sitiado.

Desde la frontera con Perú hasta las quebradas de Camarones y Vitar —límite natural, y límite también de la supuesta ambición peruana— sería entonces el campo de batalla. Un territorio fácil de aislar para los peruanos, si se bombardean las escasas carreteras de la zona. Y Chile, con pocas posibilidades de llevar la lucha terrestre hacia territorio vecino —por la densidad de las fuerzas peruanas en la frontera, corría serios riesgos de quedar con un pedazo del país completamente aislado y acosado.

Las continuas visitas del general Pinochet a Arica estaban destinadas a asegurarse que la ciudad resistiría hasta la llegada de refuerzos. Con la misma frecuencia viajaban altos mandos de la Marina —pieza clave en la defensa— y el general Gustavo Leigh también se haría presente en 1974. Cada vez, y a cada uno, en el regimiento Rancagua "les asegurábamos que resistiríamos hasta la llegada de ayuda", evoca el general (r) Mena.

Desde el escenario norte, era el general Carlos Forestier, comandante de la VI División, con asiento en Iquique, quien orquestaba y coordinaba las fuerzas que tendrían que ir en el refuerzo.

Apodado el 'zorro del desierto' —en clara alusión al mariscal alemán Eric Rommel—, Forestier era un duro militar, admirado y temido entre la tropa, que manejaba con mano de hierro sus divisiones, alistándolas para la guerra. Amante de los comandos especiales, o gurkas, era muy conocido entre los mili­tares peruanos por su vehemencia.

El alto mando ya tenía previsto que si Arica caía, la reconquista estaría en manos de los hombres de la Armada. En una operación anfibia, y con bombardeo naval, los infantes de marina serían cabeza de playa, para después permitir desembarcar a las tropas del ejército.

El 18 de setiembre de 1974 el coronel Odlanier Mena, comandante del regimiento Rancagua, único de Arica, tenía un problema muy especial. Como era tradición, para ese día se esperaba la visita de un destacamento del ejército peruano que, desde Tacna, iba todos los 18 de setiembre a saludar a los chilenos. Pero en la mente del comandante persistía una duda: que esta vez, además del destacamento de saludo, llegarán miles de 'visitantes' para iniciar la agresión.

Siendo amigo personal del general peruano a cargo de Tacna, Artemio García, Mena decidió entonces invitarlo a pasar el día a Putre. "Si algo pretendían, yo tendría cautivo y en mis manos a su general", evoca Mena. Entonces en el regimiento de Putre se viviría una inédita celebración del día patrio: con gran parte de sus armas e instalaciones camufladas se recibió al general peruano. Lo único que no alcanzaría a modificarse sería el discurso preparado, cuyo orador tuvo que saltarse párrafos enteros, que hablaban de los encendidos valores nacionales, cuando se estaba a las puertas de una agresión peruana.

Conscientes de la tensión, en la población civil de Arica se vivía día a día los preparativos militares de ambos lados. La ciudadanía sabía claramente el peli­gro que corría, aunque, nunca llegaron a enterarse de que las tropas chilenas estaban desplegadas. En 1974 los estudiantes secundarios habían sido organizados en brigadas, donde recibían instrucción premilitar para aprender a disparar. Las jovencitas, por su parte, vestidas con uniformes de la Guerra del Pacífico, eran entrenadas en primeros auxilios. Y es que, llegado el caso, todos serían indispensables en la aislada ciudad.

Los planes de abastecimiento, agua y luz fueron coordinados con las autorida­des civiles para el caso de conflicto. La " evacuación de mujeres y niños hacia áreas más protegidas se realizaría en la fase 'peligro de guerra', es decir sólo en el momento en que el conflicto resultara inminente. El Plan de Defensa de Arica, que dirigiría el alcalde de la ciudad, ya tenía organizado la labor de los bomberos, Cruz Roja y universitarios, todos ellos distribuidos por barrios y calles.

Mientras Arica velaba, esperando la hora de la guerra, en Santiago nuevas iniciativas del gobierno, más una serie de circunstancias externas, irían paulatinamente haciendo más difícil la agresión peruana. "El tiempo empezó a correr en contra de Perú", sostiene el cientista político Emilio Meneses. "Aunque Persistía el riesgo de que se precipitara en una ofensiva, ya en 1975 el panorama comienza a complicársele a Velasco Alvarado", agrega.

Por una parte, Chile responde a gran velocidad al desafió militar, diluyendo la posibilidad de un ataque vecino rápido y certero. Por otra, la situación económica de Perú comienza a deteriorarse con la misma rapidez con que empieza a sentir el peligro en su frontera norte. Los altos precios del petróleo le permite a Ecuador, que siempre ha reivindicado territorios peruanos, enriquecerse y armarse aceleradamente: a lo largo de los años 70 aumentará once veces su dotación militar, obligando a Velasco Alvarado a poner atención en esa frontera.

La Cancillería chilena irá desplegando, por su parte, una labor, cuyos hilos movidos orquestadamente con la Defensa también rendirán frutos. Desde Santiago se crea una serie de comisiones mixtas entre ambos países que logran el objetivo de acercar y apaciguar. Pero la más importante acción diplomática, sería el 'Abrazo de Charaña' del general Pinochet con el presidente de Bolivia, Hugo Banzer, en febrero de 1975.

Paralelamente, otra labor diplomática se desarrolla esos años, la que será Ilevada a cabo por los mismos comandantes chilenos que de noche despliegan las tropas en la frontera. Primero el comandante Odlanier Mena, y después el comandante Jorge Dowling —desde el regimiento Rancagua-- establecen estrechas relaciones con el mando militar de Tacna, a cargo del general Artemio García. Tratando de apaciguar la llamada 'zona caliente', la gran amistad que surge ayudaría en más de una ocasión a aquietar el polvorín fronterizo. Y permite situaciones tan anecdóticas como que en el invierno de 1975, cuando los alumnos de la Academia de Guerra santiaguina visitan Arica, encuentran sentado en la pérgola de la casa del comandante Dowling a todo el cuartel general peruano del regimiento de Tacna cantando el himno del `Rancagua'.

Y es que, según los actores chilenos del norte, la actitud de los militares peruanos revelaba que en Lima había unas cuantas 'cabezas calientes' envueltas en la idea de guerra. "El propio general García, de Tacna, consideraba que era un locura entrar en conflicto y así me lo dijo", evoca el general (r) Dowling.

Enmarcado en este mismo ambiente, en noviembre de 1974 se realiza en la línea fronteriza de Perú y Chile la ceremonia del Abrazo de la Concordia. Sin embargo, cuando ésta estaba en etapa de organización, el comandante Mena recibió una propuesta que lo dejaba en bastante mal pie.

"Hagamos un desfile —sugirió el general García— donde nosotros pasamos con dos escuadrones de tanques, y ustedes con otros dos". El comandante chileno no supo qué responderle". "¿De dónde sacaba dos escuadrones, si ni en todo Chile no los conseguía?", revela hoy. Afortunadamente, los militares peruanos aceptaron la contraposición de Mena de realizar un desfile simbólico, con banda instrumental y una treintena de hombres.

Sin un incidente preciso que detonara la tensión, sin un tema concreto en discusión —ya que el tratado de 1929 había zanjado los territorios de la Guerra del Pacífico— Velasco Alvarado había llegado a las puertas de la guerra, sólo imbuido por su fuerte tendencia nacionalista. Y el temor chileno ya no era sólo una agresión ordenada desde Palacio de Lima, sino también que "por cualquier estupidez" explotara un conflicto fronterizo y éste se generalizara.

Sin embargo, el tiempo se encargaría de que la larga profecía bélica no se cumpliera. Y mientras la estrategia chilena comenzaba a carcomer las ambiciones bélicas de Velasco Alvarado, hoy —20 años después— aún circulan innumerables versiones de por qué el Presidente peruano nunca dio la orden de iniciar el ataque.

Una de ellas —de origen peruano—relata que, cuando Lima se aprontaba a lanzar su ataque sobre Chile, los satélites norteamericanos registraron los movimientos de la tropa, y la Casa Blanca fue quien detuvo a Velasco Alvarado. Para Estados Unidos, los vínculos peruanos con la URSS eran un fuerte argumento para impedir la agresión, además de que a Washington jamás le ha interesado un conflicto militar en Sudamérica por las consecuencias que podría acarrear en esta área de su influencia.

Otra versión —recogida por la Mari­na chilena— apunta a que fue la fuerza naval peruana el gran freno para una incursión bélica. Siendo la marina la rama más derechista de las Fuerzas Armadas vecinas, y con difíciles relaciones con Velasco durante todo su gobierno, los altos mandos habrían declarado no estar listos en 1975, ya que —efectivamente— su rearme había sido el más lento de todos, y su poder de fuego se consolidaría sólo unos años después.

Sin embargo, más allá de las conjeturas, lo que puso punto final al peligro de guerra fue el derrocamiento del general Velasco Alvarado, en la madrugada del 29 de agosto de 1975. Paradójicamente, el hombre que lo sacaría de Palacio de Lima sería el mismo a quien el propio Velasco había señalado como su sucesor, el comandante en jefe del Ejército, general Francisco Morales Bermúdez, y uno de los conspiradores del golpe de 1968.

Esa madrugada y poco antes de que Morales concretara el golpe, dos llamadas telefónicas cruzarían hasta Chile. En una, el general Artemio García, comandante en Tacna, despertaría a las 05:00 horas al comandante Dowling en Arica para informarle que el general Morales Bermúdez sería el nuevo Presidente de Perú. Tras colgar, García se comunicó con la casa del coronel Odlanier Mena en Santiago, quien después de haber servido en Arica, había sido destinado a la Dirección de Inteligencia del Ejército. García repetiría textual la información entregada a Dowling, pero el propio general Morales Bermúdez tomaría el teléfono para confirmarle que el grupo de conjurados tenía todo listo para actuar.

Una de las razones que motivó el golpe de Morales Bermúdez, de acuerdo a versiones que circulan tanto en Chile como en Perú, fue evitar la guerra. Morales era un militar mucho más moderado que Velasco, y según una versión recogida por la embajada chilena en Lima, hubo un hecho preciso que lo habría impulsado a derrocar rápidamente a Velasco. En una visita a La Habana, Fidel Castro habría invitado a Morales a visitar unas instalaciones militares, donde había infinidad de tanques. "Tengo todo preparado, los tanques, y 12 mil hombres para caer sobre Arica junto con ustedes", le habría dicho Fidel. Morales, atemorizado de que esa loca idea pudiera convertirse en realidad, acortó su visita a Cuba, volvió a Lima y aceleró su conspiración. Poco tiempo después, en la embajada chilena se subrayarían con rojo los despachos de prensa que informaban que 12 mil soldados cubanos habían partido para Angola.

En Chile, la tranquilidad volvería a las filas militares apenas Francisco Morales Bermúdez se cruzó la banda presidencial en el pecho. Había terminado la más grave crisis militar del siglo con Perú. "La amenaza fue real, y el esfuerzo que se hizo para evitar la guerra fue enorme", concluye el cientista político Emilio Meneses. Pero tres años después, el espectro de la guerra volvería a cernirse en el norte. Se trataba de algo aún más grave. Por causa del inminente conflicto del canal del Beagle con Argentina, parecía hacerse realidad la peor pesadilla que siempre rondó a los estrategas militares: una agresión simultánea de sus tres vecinos.

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