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Francisco Igartua, Oiga y una pasión quijotesca

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Premio Internacional Francisco Igartua

El día que no estallo la guerra con Chile - Oiga 9/08/1993


El 11 de setiembre se cumple en Chile el vigé­simo aniversario del golpe de Estado contra el presidente socialista Salvador Allende perpetrado por el general Augusto Pinochet, comandante general del Ejército de esa nación. Desde el 11 de setiembre de 1973, Pinochet gobernó a Chile con mano de hierro hasta 1990, cuando se reinstauró la democracia con la ascensión del presidente Patricio Aylwin; sin embargo, Pinochet sigue manteniendo una fuerza gravitante en la política de ese país, desde su poderoso cargo de comandante general de las Fuerzas Armadas. El golpe de Estado que acabó con el experimento socialista de Allende, ocurrió siete meses después de que en el Perú el general Juan Velasco Alvarado, jefe del movimiento revolucionario que asumió el poder el 3 de octubre de 1968, tras derrocar al presidente constitucional Fernando Belaunde Terry, sufriera un aneurisma aórtico que le costó la amputación de una pierna (19 de febrero de 1975); la enfermedad marcó su declinación física y la de su poder, desatando pugnas internas que se resolvieron el 29 de agosto del mismo año con el pronunciamiento de Tacna encabezado por el general Francisco Morales Bermúdez.


A propósito de estas dos décadas de la historia política de Chile, la revista Qué pasa, de Santiago, ha iniciado, el 3 de julio, una serie de reportajes bajo el título los años que remecieron a Chile. El primero, publicado en tres ediciones sucesivas, toca un tema que va a causar asombro entre los peruanos porque, como lo dicen los editores de esa revista: "Aborda un suceso sobre el cual jamás ha aparecido ni siquiera un artículo que, al menos, dé una idea de lo que realmente ocurrió: la crisis que puso a Chile y a Perú al borde de una guerra entre 1973 y 1975". Este tema es tratado en dos números de 'Qué pasa'; el segundo capítulo, titulado "El acoso en tres frentes" también está vinculado a otro supuesto intento de agresión peruano a Chile ocurrido bajo el gobierno de Morales Bermúdez, esta vez con la complicidad de Argentina y Bolivia.


Indudablemente, el tema es apasionante, sobre todo porque abre entre nosotros una gran interrogante: ¿realmente sucedieron los episodios que narra Qué pasa? Por las páginas del semanario chileno desfilan militares de ese país que dan su propia versión y también figuran los nombres de militares peruanos que, según los cronistas chilenos, tuvieron participación en esa parte oscura de la historia entre los dos países. OIGA pública en esta edición las partes más importantes del capítulo que se publicó en la edición del 3 de julio y la versión completa del que apareció el 10 bajo el título 'Esperando la invasión'. La próxima semana lo haremos con el tercer capítulo.


El tema no sólo apasionará a nuestros lectores; también dará pie a que los militares peruanos mencionados por Qué pasa den su propia versión y nos permitan tener una visión más cabal de lo que realmente sucedió entre el Chile de Pinochet y el Perú de Velasco y Morales Bermúdez.


En medio de la noche, una fila de jeeps con las luces apagadas se desliza fuera del regimiento. Silenciosamente, miles de hombres toman senderos y huellas para ocupar sus posiciones. En las trincheras les esperan armas y municiones. Y mientras la enorme masa camuflada ocupa los desérticos terrenos que rodean Arica, en las calles de la ciudad algunos contingentes se ubican en puntos estratégicos. La población de Arica duerme tranquila, sin saber lo que está pasando. Pero en medio de la noche, algunas luces revelan que hay civiles trabajando. El alcalde de la ciudad revisa los últimos detalles; es él quien dirigirá la batalla en las calles. Ya su plan está listo, y todos, incluyendo los universitarios, van a jugar un papel en la defensa de la ciudad.



Es julio de 1975. Y Arica, con una población de 90.000 personas, está en pie de guerra. El Ejército chileno se ha plegado —listo para el enfrentamiento— en la más grave crisis militar de las últimas décadas. Al otro lado del límite las tropas peruanas se levantan en una gigantesca movilización sobre la frontera con Chile. Desde Lima, el gobierno de Juan Velasco Alvarado vuelve a alis­tar su poderosa maquinaria militar.


No es la primera noche y tampoco será la última en que los soldados ocupen trincheras y arenales, y en la que se teme que, finalmente, Chile y Perú se enfrenten en una sangrienta guerra. Durante meses de larga tensión, una y otra vez se repetirán los hechos. Una y otra vez Arica se aprontará a defenderse en esa larga espera que, desde hace más de un año y medio, vive el norte chileno.


El comandante del regimiento de Arica, coronel Jorge Dowling teme lo que pueda suceder ese invierno de 1975. Si hay guerra, dos alternativas se conjugan en su mente: "O Perú ve una resistencia tan feroz que no insiste en la agresión, o vivimos la historia de 'La Concepción' en grande". Como hace casi un siglo, en la sierra peruana, los soldados de Arica se aprestan a morir sitiados.


Durante 1974 y 1975 la tensión prebélica ha subido y bajado en Chile, como un tobogán. Desde que el general Juan Velasco Alvarado iniciara en el Perú el mayor rearme de su historia, el gobierno del general Pinochet se prepara para enfrentar un posible ataque peruano. Y aunque pocas declaraciones bélicas se han cruzado, en Chile persiste la certeza de que, si puede, Velasco va a intentar recuperar la zona de Arica, perdida en la Guerra del Pacífico.


Por lo mismo, en los puertos chilenos se instalan redes y sistemas de detección de submarinos. Dos veces la escuadra ha tenido encuentros con submarinos desconocidos en los mares del norte. Y ni al llegar a puerto baja la guardia de los barcos: radares y armas anti­aéreas se mantienen siempre mirando al cielo, por el peligro de los ataques. Todas las Fuerzas Armadas chilenas se han volcado al norte, aunque en Santiago nada de la tensión que se vive se filtrará a la prensa.


"Nuestra orientación en 1974 y 1975 era de preparación para el conflicto", evoca el almirante (r) Luis de los Ríos, en ese entonces jefe del Estado Mayor de la escuadra. "Estimábamos en un 60 a 70% las posibilidades de que nos viéramos envueltos en una guerra". Y como comandante del único regimiento de Arica —el Rancagua— el general (r) Adlanier Mena, también recuerda: "No una, sino muchas veces pensé que por una impredecible circunstancia íbamos al enfrentamiento".


En el Estado Mayor de la Defensa, corazón de la estrategia chilena, se estudia y planifica a todo vapor. Pero junto al acelerado rearme nacional, otro tema ocupa la mente de los militares. Una fina estrategia global ha ido cobrando cuerpo. Los generales chilenos estiman que la única forma de detener a Velasco Alvarado es demostrarle que no le será posible lanzar una ofensiva aplastante y rápida que le permita quedarse con los territorios reivindicados. Para esto, Chile se vuelca a construir un escenario que le hará saber a Perú que si va a la guerra, ésta será larga y revelará la debilidad estratégica vecina. Si bien Perú tiene una gran fuerza ofensiva, no po­see, según los generales chilenos, la capacidad logística —o de organización— como para sostener un conflicto prolongado. "En términos gráficos, el poderío peruano era como un gran puño, pero con un brazo delgado", sostiene el cientista político Emilio Meneses. En los escasos 20 kilómetros que separan a Arica de la frontera, los soldados trabajan día y noche. Con retroexcavadoras, y todo tipo de maquinaria, los regimientos pasan los días y los meses en lo que el general (r) Jorge Dowling llamaría "nuestra agricultura". Se excavan trinchera en eternos kilómetros, se levantan camellones y se instala una fábrica de tetrápodos, enormes figuras de cemento destinadas a formar diques para la contención de tanques.


Detrás de esa primera línea, se siem­bran 20 mil minas, que en 1981 llegarían a ser 60 mil. En cuadriculadas áreas, éstas son instaladas con un registro —del cual sólo existen tres copias— que revela dónde se encuentran las mortíferas cargas. Pequeños senderos, llamados brechas, permiten que los guías circulen sin riesgo. Pero si el conflicto bélico estalla, rápidamente se rellenarán las brechas con minas, y toda el área quedará intransitable.


Hacer la guerra larga no sólo significa interponer los mayores obstáculos en­tre la ciudad y la frontera. También hay que profundizar el territorio de batalla. Y si en 1974 existe en Arica un solo gran regimiento —el Rancagua— que cubre toda la frontera, en 1975 se crea el Regimiento Granaderos en Putre, con escuadrones de caballería, donde sólo existían instalaciones menores. Al año siguiente, nace el regimiento "Garra y Filo" en Alto Pacoyo, y así se continuará, hasta que en la década del '80 habrá seis regimientos en Arica, quedando en Iquique sólo cuatro, los de apoyo de mando. En un crecimiento orgánico, no sólo se desplaza gran parte de las fuerzas de Iquique hacía el norte. También hay un despliegue de los regimientos frente a la frontera, de tal forma que tanto en Arica como en alta montaña -léase Putre- se encuentran fuerzas de infantería y artillería.


El crecimiento se inicia en 1974 en las más precarias condiciones. Los hombres inicialmente van a acampar a los desiertos y áreas cercanas. La enorme marea humana convierte a la zona en un solo y gigantesco cuartel. "Vivimos enormes dificultades de alojamiento, alimentación y recreación para miles de hombres", recuerda un alto militar del norte. Similar proceso vive también en esos años la Fuerza Aérea y la Armada. Apresuradamente, ante el peligro de guerra, crea un teatro de acuerdo a la amenaza. En el caso de la Fuerza Aérea, después de la construcción de la base de Chucumata, nuevas pistas de redespliegue surgen en medio del desierto.


La adquisición de armamento también se orienta a demostrarle a Perú la larga guerra que se viene. Se triplica la cantidad de armas antiblindajes, que enfrentará a los tanques desde el suelo, con hombres escondidos en los came­llones. Y se adquirieron aviones F-5, así como los norteamericanos A 37: éstos volarán delante de las fuerzas de tierra, destruyendo tanques. La única ventaja de Chile en ese entonces —que vive una profunda crisis económica agudizada por la baja del precio del cobre y el shock petrolero mundial— es que las armas defensivas son sustancialmente más baratas que las ofensivas, que requiere y compra Perú.


En la acelerada preparación, todo vale. Y desde 1974 en adelante los uniformados chilenos harán uso, también, del ingenio militar. En Arica se creanvariadísimos elementos defensivos "made in Chile", como los tetrápodos, queirán a obstaculizar el paso de los tanques. Se estudian las posibles zonas dellegada de paracaidistas, para diseminar allí gigantescas púas de acero. Y mientras en el día se trabajé en trincheras y camellones, por las noches el comandante Odlanier Mena, del Regimiento Rancagua, lee Oh Jerusalem —relato de la lucha judío-árabe— donde toma ideas de defensa 'casera'.


Sin embargo, los ojos de la Defensa chilena no sólo están puestos en hacerle cada vez más costosa la guerra a Perú. Quizá la imagen más dantesca de esta guerra que no sucedió hubiera sido el escenario de Arica. En caso de enfrentamiento, el objetivo peruano sería conquistar Arica. "Era la carne de cañón, como cualquier ciudad fronteriza del mundo", recuerda un militar. Los ejércitos peruanos se encontraban demasiado cerca, y después de agredir con dos divisiones de tanques, vendría la batalla en las calles de la ciudad. Fuerzas peruanas aerotransportadas caerían sobre Arica después de los bombardeos y la poderosa brigada paracaidista peruana —entre 1,200 y 1,500 hombres— aparecería sorpresivamente. Los paracaidistas peruanos caerían más al sur de la ciudad, en lugares estratégicos que les permitieran cortar y aislar la zona norte del resto del país. Y otras fuerzas de infantería peruana buscarían el mismo objetivo, penetrando por el lado de Putre para bajar hacia el sur y hacer un envolvimiento hacia la costa. Así dejarían a Arica como un bastión sitiado.


Desde la frontera con Perú hasta las quebradas de Camarones y Vitar —límite natural, y límite también de la supuesta ambición peruana— sería entonces el campo de batalla. Un territorio fácil de aislar para los peruanos, si se bombardean las escasas carreteras de la zona. Y Chile, con pocas posibilidades de llevar la lucha terrestre hacia territorio vecino —por la densidad de las fuerzas peruanas en la frontera, corría serios riesgos de quedar con un pedazo del país completamente aislado y acosado.


Las continuas visitas del general Pinochet a Arica estaban destinadas a asegurarse que la ciudad resistiría hasta la llegada de refuerzos. Con la misma frecuencia viajaban altos mandos de la Marina —pieza clave en la defensa— y el general Gustavo Leigh también se haría presente en 1974. Cada vez, y a cada uno, en el regimiento Rancagua "les asegurábamos que resistiríamos hasta la llegada de ayuda", evoca el general (r) Mena.


Desde el escenario norte, era el general Carlos Forestier, comandante de la VI División, con asiento en Iquique, quien orquestaba y coordinaba las fuerzas que tendrían que ir en el refuerzo.


Apodado el 'zorro del desierto' —en clara alusión al mariscal alemán Eric Rommel—, Forestier era un duro militar, admirado y temido entre la tropa, que manejaba con mano de hierro sus divisiones, alistándolas para la guerra. Amante de los comandos especiales, o gurkas, era muy conocido entre los mili­tares peruanos por su vehemencia.


El alto mando ya tenía previsto que si Arica caía, la reconquista estaría en manos de los hombres de la Armada. En una operación anfibia, y con bombardeo naval, los infantes de marina serían cabeza de playa, para después permitir desembarcar a las tropas del ejército.


El 18 de setiembre de 1974 el coronel Odlanier Mena, comandante del regimiento Rancagua, único de Arica, tenía un problema muy especial. Como era tradición, para ese día se esperaba la visita de un destacamento del ejército peruano que, desde Tacna, iba todos los 18 de setiembre a saludar a los chilenos. Pero en la mente del comandante persistía una duda: que esta vez, además del destacamento de saludo, llegarán miles de 'visitantes' para iniciar la agresión.


Siendo amigo personal del general peruano a cargo de Tacna, Artemio García, Mena decidió entonces invitarlo a pasar el día a Putre. "Si algo pretendían, yo tendría cautivo y en mis manos a su general", evoca Mena. Entonces en el regimiento de Putre se viviría una inédita celebración del día patrio: con gran parte de sus armas e instalaciones camufladas se recibió al general peruano. Lo único que no alcanzaría a modificarse sería el discurso preparado, cuyo orador tuvo que saltarse párrafos enteros, que hablaban de los encendidos valores nacionales, cuando se estaba a las puertas de una agresión peruana.


Conscientes de la tensión, en la población civil de Arica se vivía día a día los preparativos militares de ambos lados. La ciudadanía sabía claramente el peli­gro que corría, aunque, nunca llegaron a enterarse de que las tropas chilenas estaban desplegadas. En 1974 los estudiantes secundarios habían sido organizados en brigadas, donde recibían instrucción premilitar para aprender a disparar. Las jovencitas, por su parte, vestidas con uniformes de la Guerra del Pacífico, eran entrenadas en primeros auxilios. Y es que, llegado el caso, todos serían indispensables en la aislada ciudad.


Los planes de abastecimiento, agua y luz fueron coordinados con las autorida­des civiles para el caso de conflicto. La " evacuación de mujeres y niños hacia áreas más protegidas se realizaría en la fase 'peligro de guerra', es decir sólo en el momento en que el conflicto resultara inminente. El Plan de Defensa de Arica, que dirigiría el alcalde de la ciudad, ya tenía organizado la labor de los bomberos, Cruz Roja y universitarios, todos ellos distribuidos por barrios y calles.


Mientras Arica velaba, esperando la hora de la guerra, en Santiago nuevas iniciativas del gobierno, más una serie de circunstancias externas, irían paulatinamente haciendo más difícil la agresión peruana. "El tiempo empezó a correr en contra de Perú", sostiene el cientista político Emilio Meneses. "Aunque Persistía el riesgo de que se precipitara en una ofensiva, ya en 1975 el panorama comienza a complicársele a Velasco Alvarado", agrega.


Por una parte, Chile responde a gran velocidad al desafió militar, diluyendo la posibilidad de un ataque vecino rápido y certero. Por otra, la situación económica de Perú comienza a deteriorarse con la misma rapidez con que empieza a sentir el peligro en su frontera norte. Los altos precios del petróleo le permite a Ecuador, que siempre ha reivindicado territorios peruanos, enriquecerse y armarse aceleradamente: a lo largo de los años 70 aumentará once veces su dotación militar, obligando a Velasco Alvarado a poner atención en esa frontera.



La Cancillería chilena irá desplegando, por su parte, una labor, cuyos hilos movidos orquestadamente con la Defensa también rendirán frutos. Desde Santiago se crea una serie de comisiones mixtas entre ambos países que logran el objetivo de acercar y apaciguar. Pero la más importante acción diplomática, sería el 'Abrazo de Charaña' del general Pinochet con el presidente de Bolivia, Hugo Banzer, en febrero de 1975.


Paralelamente, otra labor diplomática se desarrolla esos años, la que será Ilevada a cabo por los mismos comandantes chilenos que de noche despliegan las tropas en la frontera. Primero el comandante Odlanier Mena, y después el comandante Jorge Dowling —desde el regimiento Rancagua-- establecen estrechas relaciones con el mando militar de Tacna, a cargo del general Artemio García. Tratando de apaciguar la llamada 'zona caliente', la gran amistad que surge ayudaría en más de una ocasión a aquietar el polvorín fronterizo. Y permite situaciones tan anecdóticas como que en el invierno de 1975, cuando los alumnos de la Academia de Guerra santiaguina visitan Arica, encuentran sentado en la pérgola de la casa del comandante Dowling a todo el cuartel general peruano del regimiento de Tacna cantando el himno del `Rancagua'.


Y es que, según los actores chilenos del norte, la actitud de los militares peruanos revelaba que en Lima había unas cuantas 'cabezas calientes' envueltas en la idea de guerra. "El propio general García, de Tacna, consideraba que era un locura entrar en conflicto y así me lo dijo", evoca el general (r) Dowling.


Enmarcado en este mismo ambiente, en noviembre de 1974 se realiza en la línea fronteriza de Perú y Chile la ceremonia del Abrazo de la Concordia. Sin embargo, cuando ésta estaba en etapa de organización, el comandante Mena recibió una propuesta que lo dejaba en bastante mal pie.


"Hagamos un desfile —sugirió el general García— donde nosotros pasamos con dos escuadrones de tanques, y ustedes con otros dos". El comandante chileno no supo qué responderle". "¿De dónde sacaba dos escuadrones, si ni en todo Chile no los conseguía?", revela hoy. Afortunadamente, los militares peruanos aceptaron la contraposición de Mena de realizar un desfile simbólico, con banda instrumental y una treintena de hombres.


Sin un incidente preciso que detonara la tensión, sin un tema concreto en discusión —ya que el tratado de 1929 había zanjado los territorios de la Guerra del Pacífico— Velasco Alvarado había llegado a las puertas de la guerra, sólo imbuido por su fuerte tendencia nacionalista. Y el temor chileno ya no era sólo una agresión ordenada desde Palacio de Lima, sino también que "por cualquier estupidez" explotara un conflicto fronterizo y éste se generalizara.


Sin embargo, el tiempo se encargaría de que la larga profecía bélica no se cumpliera. Y mientras la estrategia chilena comenzaba a carcomer las ambiciones bélicas de Velasco Alvarado, hoy —20 años después— aún circulan innumerables versiones de por qué el Presidente peruano nunca dio la orden de iniciar el ataque.


Una de ellas —de origen peruano—relata que, cuando Lima se aprontaba a lanzar su ataque sobre Chile, los satélites norteamericanos registraron los movimientos de la tropa, y la Casa Blanca fue quien detuvo a Velasco Alvarado. Para Estados Unidos, los vínculos peruanos con la URSS eran un fuerte argumento para impedir la agresión, además de que a Washington jamás le ha interesado un conflicto militar en Sudamérica por las consecuencias que podría acarrear en esta área de su influencia.


Otra versión —recogida por la Mari­na chilena— apunta a que fue la fuerza naval peruana el gran freno para una incursión bélica. Siendo la marina la rama más derechista de las Fuerzas Armadas vecinas, y con difíciles relaciones con Velasco durante todo su gobierno, los altos mandos habrían declarado no estar listos en 1975, ya que —efectivamente— su rearme había sido el más lento de todos, y su poder de fuego se consolidaría sólo unos años después.


Sin embargo, más allá de las conjeturas, lo que puso punto final al peligro de guerra fue el derrocamiento del general Velasco Alvarado, en la madrugada del 29 de agosto de 1975. Paradójicamente, el hombre que lo sacaría de Palacio de Lima sería el mismo a quien el propio Velasco había señalado como su sucesor, el comandante en jefe del Ejército, general Francisco Morales Bermúdez, y uno de los conspiradores del golpe de 1968.


Esa madrugada y poco antes de que Morales concretara el golpe, dos llamadas telefónicas cruzarían hasta Chile. En una, el general Artemio García, comandante en Tacna, despertaría a las 05:00 horas al comandante Dowling en Arica para informarle que el general Morales Bermúdez sería el nuevo Presidente de Perú. Tras colgar, García se comunicó con la casa del coronel Odlanier Mena en Santiago, quien después de haber servido en Arica, había sido destinado a la Dirección de Inteligencia del Ejército. García repetiría textual la información entregada a Dowling, pero el propio general Morales Bermúdez tomaría el teléfono para confirmarle que el grupo de conjurados tenía todo listo para actuar.


Una de las razones que motivó el golpe de Morales Bermúdez, de acuerdo a versiones que circulan tanto en Chile como en Perú, fue evitar la guerra. Morales era un militar mucho más moderado que Velasco, y según una versión recogida por la embajada chilena en Lima, hubo un hecho preciso que lo habría impulsado a derrocar rápidamente a Velasco. En una visita a La Habana, Fidel Castro habría invitado a Morales a visitar unas instalaciones militares, donde había infinidad de tanques. "Tengo todo preparado, los tanques, y 12 mil hombres para caer sobre Arica junto con ustedes", le habría dicho Fidel. Morales, atemorizado de que esa loca idea pudiera convertirse en realidad, acortó su visita a Cuba, volvió a Lima y aceleró su conspiración. Poco tiempo después, en la embajada chilena se subrayarían con rojo los despachos de prensa que informaban que 12 mil soldados cubanos habían partido para Angola.


En Chile, la tranquilidad volvería a las filas militares apenas Francisco Morales Bermúdez se cruzó la banda presidencial en el pecho. Había terminado la más grave crisis militar del siglo con Perú. "La amenaza fue real, y el esfuerzo que se hizo para evitar la guerra fue enorme", concluye el cientista político Emilio Meneses. Pero tres años después, el espectro de la guerra volvería a cernirse en el norte. Se trataba de algo aún más grave. Por causa del inminente conflicto del canal del Beagle con Argentina, parecía hacerse realidad la peor pesadilla que siempre rondó a los estrategas militares: una agresión simultánea de sus tres vecinos.

El Objetivo: Arica - Oiga 9/08/1993

La única zona donde Perú po­día usar sus varios centenares de tanques era en la frontera de 30 kilómetros con Chile. En sus otros límites, la geografía no per­mitía la utilización de blindados. La inteligencia militar chilena también iba analizando otros hechos: Perú nunca había tenido interés en modificar sus fronteras con ningún otro vecino; se acercaba el centenario de la Guerra del Pacífico, y todo el armamento que adquiría era de tipo ofensivo. Es decir, Lima compraba armas que se utilizan más para atacar que para proteger un territorio. Todo llevaba a pensar en la agresión.

Hasta 1973, sin embargo, desde Lima se jugó un doble juego: rearme acelerado y estrechas relaciones con Chile. Mientras Velasco se preparaba para la guerra, "subordinó sus senti­mientos de reivindicación nacional a la solidaridad ideológica o antiimperialis­ta", según un analista peruano. El dictador peruano se enorgullecía es­pecialmente de su amistad con Salvador Allende, e incluso a uno de sus más cercanos colaboradores —el ge­neral Meza Cuadra— le decía 'Allen­de' por su parecido físico con el man­datario. El propio Presidente chileno estuvo de visita en Lima, y cuando Estados Unidos amenazó a Chile con el embargo del cobre nacionalizado, Velasco le ofreció hacer pasar como peruanos los embarques chilenos.

Con la caída de Allende, no quedaba ningún tipo de afinidad ideológica capaz de contener los ímpetus belicis­tas de Velasco Alvarado. A partir de entonces, la amistad peruano-soviéti­ca tomó un siniestro perfil, en el senti­do de que a Moscú ahora le interesaría especialmente armar a un país que deseaba enfrentarse con Chile. Según todas las fuentes chilenas, Velasco Alvarado perdió su oportunidad en setiembre de 1973. "Si Velasco hubie­ra agredido tras el golpe, con todas las fuerzas chilenas volcadas hacia el inte­rior, el Ejército peruano habría llegado mucho más allá de Arica", admite un general (r) chileno.

El hombre que quería la guerra - Velasco-Pinochet, frente a frente - Oiga 9/08/1993

En sus manos, que ahora temblaban por la enfermedad, se había acumulado todo el poder con que un hombre pudiera soñar. En su voluntad, que ya flaqueaba, se concentraba el desti­no de un gigantesco poder militar recién construido. Y en su corazón, aún anidaba aquel viejo deseo de re­cuperar los territorios perdidos por Perú en la Guerra del Pacífico. Juan Velasco Alvarado, el soldado raso que había llegado a Presidente, conti­nuaba siendo para muchos, y a pesar de su malograda salud, el hombre que quería la guerra con Chile.



Frente a él la historia pondría a otro hombre, otro militar. La fuerte voluntad de Velasco se vería enfrentada con la de un uniformado de de­recha, que también dirigía con mano férrea los destinos de la nación veci­na. Su retrato --de anteojos oscuros y larga capa militar— había dado la vuelta al mundo pocos meses atrás al derrocar al gobierno de Salvador Allende. Y aunque dentro de las prio­ridades del general Augusto Pinochet no figuraba un enfrentamiento béli­co, desde el amanecer del 11 de se­tiembre de 1973, sus ojos estuvieron puestos en la frontera peruana, extremando la vigilancia. La propia ex­periencia militar de Pinochet, que había hecho la mayor parte de su carrera profesional; en el norte, sería vital para los difíciles primeros años de su gobierno, cuando el fantasma de la guerra estaría siempre presente con Perú.

La estrecha frontera de 30 kilóme­tros que separa a ambos países se convertiría en una de las zonas más militarizadas del continente, y Chile -en forma absolutamente secreta­- se prepararía para la guerra. La larga y extenuante crisis sería la más grave en la historia de ambos países, desde que a fines del siglo pasado terminara la Guerra del Pacífico. Si viviría una virtual situación prebélica, y, mien­tras la prensa internacional denun­ciaba el inminente peligro de guerra en Sudamérica, “ambas naciones se envolvieron en una monumental ca­rrera armamentista".

La revancha
Inserto dentro de un fenómeno continental de militarismo progresista —que en esos años incluía a Omar Torrijos, en Panamá, y Juan José Torres, en Boli­via—, Velasco fue la cabeza visible de un movimiento que ya llevaba varias décadas incubándose en los regi­mientos peruanos. Inspirados por un ardiente nacionalismo y una tenden­cia socialista, fue en el CAEM —Cen­tro de Altos Estudios Militares—donde desde los años 50 se comenzó a formar aquella elite progresista que se tomaría el poder, y que durante siete años gobernaría. Inspirados en la teología de la liberación y en auto­res socialistas, nacionalistas y nostál­gicos del imperio incaico, este grupo estaba convencido que sólo un gobierno de las Fuerzas Armadas de larga duración era capaz de realizar los enormes cambios estructurales que necesitaba la nación.

Juan Velasco Alvarado, entonces Comandante en Jefe del Ejército, sería el paladín del nuevo movimiento que alardeaba erradicar la injusticia en el Perú. Pero también era el hom­bre que quería reconstruir la integri­dad nacional, con un país fuerte y seguro. Para esto último se apoyaba en un nacionalismo basado en el pa­triotismo militar.

Desde el primer momento, se mezcló la ambición de cambiar la estructura social del país con la de construir un poder militar tan enorme, que —de darse la ocasión— se pudieran reconquistar los territorios perdidos en la Guerra del Pacífico, fuente de gran trauma nacional".

Los halcones
Los datos revelaban que no sólo Velasco Alvarado era un actor peligroso para Chile. También alrededor de él había un puñado de hombres claves, particularmente antichilenos. Destacaban el general Mercado Jarrín, minis­tro de Guerra, Primer Ministro y Co­mandante en Jefe del Ejército; el ge­neral De la Flor, ministro de Relacio­nes Exteriores, y especialmente el general Fernández Maldonado. Este último, uno de los coroneles conspi­radores del 68, era un experto en inteligencia, se vanagloriaba de su amistad con Fidel Castro, y había escrito un folleto ideológico que en esos años fue descrito como "una confusa amalgama... del tipo de nues­tros mapuchistas". El sería catalogado —según un informe de la Cancille­ría— como el que "más destacaba en su posición contra Chile".

Mientras ambos países prepara­ban su maquinaria bélica, en marzo de 1974 Velasco Alvarado haría de­claraciones que rápidamente llega­ron al corazón del gobierno chileno, y alcanzaron a filtrarse en la prensa nacional. En una entrevista al diario francés Le Monde, el general perua­no habló de la inminencia de una guerra con Chile. En la misma época, la revista inglesa The Economist reco­gería la tensión que vivían ambos países, informando que Perú monta­ba bases .de submarinos y cohetes soviéticos, preparándose para la gue­rra con Chile. Desde Brasil, los dia­rios O Estado de S. Paulo y Jornal do Brasil recogían la misma noticia.

Todo parecía dado para el conflic­to. Nada indicaba, que el general Ve­lasco Alvarado se detendría en sus ambiciones. Y en julio de 1975 una gigantesca alerta general pondría a las tres armas peruanas en pie de guerra. Varios contingentes especia­les serían enviados hacia la frontera sur. Pero el hombre que quería la guerra con Chile se vería enfrentado durante casi dos años a un elaborado plan de la defensa chilena. Y, final­mente, sería ese plan estratégico una de las grandes causas que impedirían que Juan Velasco Alvarado concretara aquel viejo y deseado anhelo.

La alarma silenciosa - Oiga 9/08/1993

Menos de un mes después de asumir el mando, el gene­ral Pinochet viajó a Arica, y a lo largo de 1974 y 1975 iría seis veces más. La presencia del enorme poder militar, con centenares de tanques como punta de lanza, inquietaba tanto como el hombre que gobernaba Perú. "Teníamos la certeza de que si podía, Velasco Alvarado iba a agredir", evo­ca el general (r) Jorge Dowling, co­mandante del Regimiento Rancagua, con asiento en Arica, en 1975.

"Faltaba sólo la chispa, cualquier detalle, cualquier roce, para desenca­denar el conflicto", agrega.

Comenzaba, entonces, el despliegue estratégico. En un gigantesco movi­miento de hombres y armas, desde 1974 toda la Marina, la Fuerza Aérea y Ejército se volcó hacia el norte. Una `mudanza' que duraría más de año y medio. Todo se llevaba y se traslada­ba. Los viejos fusiles 'máuser' de los regimientos del norte viajaron al sur, para ser cambiados por el armamento más moderno que tenían esas unida­des. Los escasos tanques, incluyendo a los que ya no caminaban, pero que podían disparar desde una posición estática, partieron, al igual que las municiones, las armas antiblindajes y antiaéreas.

Sin esperar la construcción de ins­talaciones —"porque podría venir la guerra"—, enormes cantidades de hombres fueron a acampar en el de­sierto durante meses, para después construir lo necesario. Hubo nuevos enrolamientos en todo el país, los co­mandantes de los regimientos com­pletaron sus cuadros —que en la prác­tica duplicaría el número de solda­dos—, y el servicio militar fue aumen­tado de uno a dos años.

En menos de dos años el número de soldados en el norte se multiplicó por ocho. Todo, incluyendo las fábricas vacías, sirvió para alojar a esta enorme marea humana que, en resumidas cuentas, iba a hacer de 'colchón' fren­te a los amenazadores tanques perua­nos.

Mientras la Fuerza Aérea iniciaba la construcción de la nueva base de Chucumata, en las cercanías de Iqui­que —multiplicando por diez sus instalaciones—, por los mares chilenos se realizaba el mismo movimiento. Toda la escuadra, sus submarinos y las fuerzas anfibias se estacionaron desde 1974 en adelante de Puerto Aldea hacia el norte. Buques con muni­ciones y buque-hospitales se fondea­ron en recodos de bahías y ensena­das; los oficiales fueron llamados a sus puestos, completándose las dotacio­nes de los barcos. En muchas ocasio­nes, cuando la crisis agudizaba, la escuadra enfiló hacia el norte. "Fue una gran crisis", evoca el almirante (r) y actual senador Ronald Maclntyre, en ese entonces Secretario General de la Armada. "Había un alistamiento diario. Vivimos en permanente aler­ta".

Las estimaciones chilenas hablaban de un 70% de posibilidades de ir a la guerra. Pero el mayor problema para el país era la mejor posición ofensiva que iba tomando Perú, que llevaba cinco años de ventaja en la adquisi­ción de armamento. Reuniendo todos los tanques chilenos, no se alcanzaba a completar una sola unidad. La esca­sez de municiones era tal que un ofi­cial de blindados en Antofagasta re­cuerda haber disparado sólo un pro­yectil de adiestramiento en todo el año 1974. La misma pobreza hacía que los cabos aprendieran a disparar tanques con un 'engendro' inventado en los cuarteles, una bala de madera con un cañón de 22 mm por debajo".



El falso heredero - Oiga 9/08/1993

Al subir al poder, el general Francisco Morales Bermúdez era 'esperanza' de los militares peruanos progresistas que veían en él a quien profundizaría la revolución. No só­lo había sido uno de los golpistas del 68; también había servido a Ve­lasco en varios ministerios y era un gran amigo de Fidel Castro. La no­che que derrocó a Velasco Alvara­do, las luces de la embajada cubana en Lima permanecieron hasta muy tarde encendidas: en ella se estaba celebrando el comienzo del socia­lismo en el Perú.

Sin embargo, en la llamada Se­gunda Fase del Gobierno Revolu­cionario de las Fuerzas Armadas (1975-1980), no hubo nada que so­nara a compás revolucionario. Dando un fuerte golpe de timón, Morales Bermúdez comenzó a des­andar todo el camino recorrido por todo el recorrido por Velasco. Intentando estabilizar al país, puso fin al desorden, y paulati­namente se distanció de la influenc­ia soviética, enfilando el rumbo hacia las naciones capitalistas don­de podía encontrar créditos para su malograda economía. El Perú y sus 17 millones de habitantes, abandonaba, al igual que otras naciones latinoamericanas, el experimento de gobiernos militares progresistas que se había extendido en el conti­nente en los 70.

Hombre sereno, frío y mesura­do. Morales Bermúdez era el polo opuesto de su antecesor. No sólo en carácter, sino también en histo­ria personal. Al contrario del humil­de soldado raso que llegó a ser ge­neral, Morales era hijo del coronel, y nieto del presidente Remigio Mo­rales Bermúdez. De origen social más elevado y tecnócrata, se había especializado en economía. Des­pués de haber servido como ministro de esa cartera al último gobier­no civil, al llegar al poder se abocó a tratar de sacar al país del estanca­miento económico.

Cuatro días después de asumir el mando, Morales declaró que "no hay problemas con país vecino al­guno que haga temer un posible conflicto armado". Y a pesar de que mantuvo por un período en el gobierno a dos de los militares más antichilenos de la administración anterior —Jorge Fernández Mal­donado y Miguel Angel de la Flor- Morales fue catalogado en Santia­go como un moderado que no de­seaba ni buscaría la guerra".

El armamentismo peruano - Oiga 9/08/1994

Es en el propio centro intelectual del CAEM donde se fragua la base ideológi­ca para el más audaz proyecto de modernización de las Fuerzas Ar­madas y equipamiento bélico, que Velasco llevaría a cabo. Una vez consolidado el gobierno, el entonces Comandante General del Ejército, Edgardo Mercado Jarrín - "un anti chileno elegante, de reputación intelectual, pero que vive para la revan­cha con Chile", según un diplomáti­co chileno de esos años- elabora un plan que recibe la inmediata aprobación del Presidente.

Con un gasto militar que en la década alcanzaría, según el propio gobierno, a mil millones de dólares, pero que publicaciones especializadas estiman entre 2 mil y 4 mil millo­nes de dólares, desde 1970 el Perú lideró la lista de los países compradores de armas en el continente.

En 1968 fue la primera nación en acceder a los mercados europeos en busca de aviones de combate alta­mente sofisticados. Dos años des­pués se iniciaría una inquietante amistad, al abastecerse de material bélico en la Unión Soviética. Muy luego, Perú se convertiría en el pri­mer cliente latinoamericano de Mos­cú.

Después del terremoto de mayo del 70, donde en el norte del Perú murieron 65 mil personas, Moscú, por primera vez en su historia, se integró a la ayuda humanitaria internacional, y envió tres helicópteros militares para ayudar a las labores de rescate. Estos les serían regala­dos a la Fuerza Aérea Peruana, y desde allí se iniciaría un estrecho lazo, qué a Lima le permitiría adqui­rir las sofisticadas armas que Esta­dos Unidos le vedaba por sus tiran­tes relaciones, y por el deseo de mantener un equilibrio estratégico en la región.

Con préstamos soviéticos a largo plazo y de baja tasa de interés, Perú inició sus órdenes de compra en Moscú adquiriendo 200 tanques T54 y T55, los que a lo largo de la década llegaría a ser cerca de 400. Aviones de combate sofisticadísimos, artille­ría pesada, cañones antiaéreos equi­pados con radar y lanzacohetes, sistemas de misiles tierra-aire, bom­barderos supersónicos y artillería pesada se irían acumulando año a ario en los regimientos peruanos. La Fuerza Aérea peruana obtendría un poder de fuego que la convertiría en una de las más poderosas del conti­nente, superando en una relación de 2 a 1 a la chilena. Y muy luego, la hasta entonces débil Marina iniciaría un crecimiento explosivo —con ad­quisiciones en Europa— que la con­vertiría en una poderosa fuerza.

Sólo entre 1972 y 1973 el stock de armamento en el país casi se dupli­caría. Según un estudio del cientista político chileno Emilio Meneses, el material bélico peruano subiría de US$ 388 millones en 1972 a US$ 604 millones en 1973.

En diciembre de 1974, la revista alemana Stern publicó un artículo donde sostenía que la "cantidad armas entregadas por Rusia a Perú, iguala aquella que fuera entregada por los soviéticos a Vietnam del Norte". Y citando un documento secreto en su poder, la revista agregaba: "la compra de armas por parte del Perú está dirigida contra Chile".

Para los militares chilenos, sin embargo, no se necesitaba ningún informe secreto para llegar a la mis­ma conclusión: todas las compras de armas se habían ido acumulando en el sur del país, mirando a fron­tera con Chile. Si bien históricamente, la nación vecina había tenido mayor concentración de tropas desde Lima hacia el sur, y la guarnición de Arequipa era la más poderosa del país, el desplazamiento que estaba ocurriendo era más que alarmante.

En los primeros años de los 70 todas las unidades del sur peruano duplicaron su contingente. Batallones de infantería y artillería se des­plazaron desde la región central hacia el sur. En el área de Arequipa­-Tacna se organizaron dos nuevos batallones de tanques, cada uno con 50 unidades. Y se instalaron tam­bién poderosos cañones recién ad­quiridos. En 1970, la División de Tacna pasa a ser blindada, y queda al mando de un general en vez de un coronel. Cuando Chile apenas alcanza a reunir un general en Iquique hacia el norte, en el lado peruano ya había cinco”.

El armamentismo chileno - Oiga 09/08/1993

Chile inició, entonces, mayor gasto de Defensa de las últimas dos décadas. A pesar de la difícil situación económi­ca, el gasto militar saltó de un 3.3% del PGB en 1973 a un 5.3% en 1974. Al año siguiente se empinó al 5.7%. Una cifra definitivamente alta para los parámetros latinoamericanos. Ni siquiera en la crisis de 1978 con Ar­gentina, cuando también estuvo al borde de una guerra. Chile volvería a gastar tanto en Defensa.

"Pero en ningún caso esas sumas fueron suficientes para cubrir las necesidades militares del país. Es una figura legal sin precedentes, el gobier­no chileno autorizó en 1974 a que, paralelamente, las Fuerzas Armadas se endeudaran con el fisco para obte­ner más dinero fresco. Así, como un monto extra, que bordeaba los 100 millones de dólares y que aún no se termina de pagar, se incrementaron las arcas militares.

“Había comenzado la carrera ar­mamentista con Perú. Durante los próximos años ambos países se ar­marían mirando al vecino: Perú ad­quiriría elementos ofensivos, mien­tras Chile se concentraría en las ar­mas defensivas, como antiblindajes y antiaéreas. Pero, a diferencia del so­cio soviético del Perú, Chile tenía serios problemas para comprar ar­mas. Se viajaba intensamente a Euro­pa y, más que todo, se compraba a los innumerables traficantes interna­cionales, quienes, conociendo las dificultades chilenas, inundaban San­tiago con sus caras ofertas, Sin con­trol de calidad y pagos adelantados en bancos suizos o franceses, se ad­quirían armas que aunque a veces era 'chatarra', las necesitábamos con tanta urgencia, que todo servía".

La guerra de Perú, Argentina y Bolivia contra Chile, que no fue – Acosado por tres frentes - Oiga 16/08/1993

LA opinión pública chilena ha seguido con especial atención los artículos de la revista santiagueña Qué pasa, que revelan las supuestas amenazas bélicas que sufrió Chile durante el régimen del general Augusto Pinochet. En los dos primeros artículos de dicha revista, reproducidos por OIGA en su edición de la semana pasada, Qué pasa narró la crisis que puso a Chile y Perú al borde de la guerra entre los años 1973 y 1975. El inten­to de agresión peruana —afirma la revista chilena— se paró por la enfermedad del general Juan Velasco y la amenaza se esfumó cuando el general Francisco Mora­les Bermúdez, enterado de los planes béli­cos del líder de la revolución peruana du­rante una visita a Cuba, apresuró su regre­so al país y dio el golpe de Estado que derrocó a Velasco el 29 de agosto de 1975.

En esta oportunidad, Qué pasa escribe del clima prebélico que existía entre Chile y Argentina en 1978, por la disputa del canal de Beagle y los temores chilenos de que una posible guerra con Argentina fuera aprovechada por Perú y Bolivia para invadir el norte, pese a que Perú era gober­nado por el general Morales Bermúdez, a quien los chilenos reconocen como un gobernante contrario a una guerra con Chile. Qué pasa también narra una serie de incidentes diplomáticos entre Perú y Chile a raíz de diversos casos de espionaje realizados por militares chilenos en nues­tro país, especialmente el incidente del espionaje de la base aérea ‘El Pato’, ubica­da en las cercanías de Talara, por parte de dos oficiales del buque petrolero chileno Beagle. Estos casos de espionaje tuvieron derivaciones muy especiales entre no­sotros, pues a raíz de ellos fue fusilado el avionero peruano Julio Vargas.

OIGA está acumulando información y entrevistando a los políticos y militares peruanos de la época, para presentar una información que recoja la otra cara de la medalla. A continuación, leamos el artícu­lo publicado en Qué pasa.

“Era diciembre de 1978. Mientras en Santiago los tensos titulares de prensa no alcanzaban a opacar totalmente las compras de navi­dad, el país estaba viviendo —por pri­mera vez desde inicio de siglo— la más peligrosa alternativa militar que alguna vez hubieran evaluado los militares chilenos. Aquello que desde hace déca­das se estudia en las academias de Guerra, como la peor de las posibilidades, se cernía ahora como una terrible alternativa: el país envuelto en un con­flicto con Argentina, Perú y Bolivia.

La disputa con Argentina por las islas del Beagle había llegado técnica­mente a las puertas de la agresión trasandina, desde que en 1977 Buenos Aires había conocido el laudo arbitral de Gran Bretaña. “El Alto Mando ar­gentino había dado la orden de iniciar las operaciones”, recuerda el almiran­te (r) Luis de los Ríos, comandante en jefe de la Tercera Zona Naval con asiento en Punta Arenas. “De acuer­do a los elementos esenciales de infor­mación que determinan en qué fase del inicio de la guerra estamos, todas las premisas estaban cumplidas a ini­cios de diciembre de 1978”.

Pero mientras el general argentino Benjamín Menéndez declaraba que “en seis horas estamos en Santiago, tomamos champaña en La Moneda y después nos vamos a orinar a Valpa­raíso”, la posibilidad de otra guerra, más atrasada, se incubaba lentamente en el otro extremo del país. Como un coletazo del conflicto con Argentina, en Chile se estimaba que tarde o tem­prano podría aparecer, nuevamente, el fantasma bélico peruano. “Y es que en cualquier presunción bélica con Argentina, Perú y Bolivia van a apro­vechar la coyuntura si es que pueden”, sostiene un alto general en reti­ro del Ejército.

Como si las palabras de ese general fuesen oídas en Lima, el 17 de diciem­bre de 1978 la Escuadra peruana zar­pó hacia el sur. Ese mismo día se cerró el aeropuerto internacional de Lima para que la Fuerza Aérea realizara maniobras de entrenamiento. Todos los miembros del Ejército, Marina y Aviación quedaron con orden de ‘ina­movilidad’. Una fuente militar peruana declaró, extraoficialmente: “Son me­didas tomadas a la expectativa de lo que pueda ocurrir este fin de semana en la zona del canal del Beagle”.

En la Segunda Región Militar del Perú —al sur del país, y con asiento en Arequipa— los ejercicios militares continuaban con monótona reitera­ción. La Inteligencia chilena había de­tectado el traslado de unidades y de depósitos de guerra hacia mejores posiciones en caso de conflicto. Y los cientos de tanques soviéticos que, tras la crisis del 74-75, se habían alejado de la frontera, volvían a desplazarse mi­rando a Chile. La actividad fronteriza era importante, con movimiento de tanques y vuelos de aviones de guerra, de exploración y reconocimiento.

Para alertar aún más al Alto Mando chileno, pocas semanas antes se había producido en la ciudad boliviana de Santa Cruz un encuentro secreto en­tre las cúpulas militares de Perú y Bolivia. Se trataba de la primera reu­nión exclusivamente bipartita desde fines de la Guerra del Pacífico y la sesión de trabajo estuvo rodeada de grandes medidas de seguridad.

Enfrentando al inminente peligro, Chile abordaría la crisis desde múlti­ples frentes. Militarmente, el norte se aprestaba a recibir un Perú beligeran­te, aunque los chilenos tenían claro que el escenario principal de la guerra ya estaba definido y era la zona más austral del país, donde debía defen­derse de los intentos argentinos por obtener las islas Picton, Lennox y Nueva. Lo más complejo de una gue­rra a tres bandas era el enorme des­afío estratégico: defender un territorio con forma de faja, con dos focos in­cendiados en sus extremos, y separa­dos 4,000 kilómetros de distancia.

El norte, entonces, quedaba solo. Un 98% de la Marina fondeaba en los mares y canales del sur y la Fuerza Aérea se encontraba, mayoritaria­mente, en sus bases de Punta Arenas. Arica tampoco recibiría suministros del resto del país, en caso de conflicto en el sur y, probablemente, quedaría aislada, ya que se interrumpirían sus vías terrestres.

Por lo mismo, silenciosamente, los aviones de líneas aéreas comerciales volaban todas las noches llevando - municiones, comida, el vestuario y material médico desde el sur hacia el norte. Misileras y torpederas defende­rían las frágiles costas, sin la presencia de la Escuadra chilena, y en tierra tendrían que soportar el mayor de los peligros: intensísimos ataques aéreos al inicio de las hostilidades.

Las fuerzas de los cuarteles norte­ños se habían incrementado a lo largo del año y había un 50% más de hom­bres en armas. Nuevamente las trincheras de la frontera con Perú fueron ocupadas por soldados y casi todos los efectivos de la VI División del Ejér­cito, con asiento en Iquique, salieron hacia el norte desperdigándose por el desierto y la inclemente precordillera. En la retaguardia se habían levantado hospitales de campaña para recibir a los heridos. En Iquique sólo quedaban unidades de protección, especialmen­te las más costeras.

Una tarde, un urgente llamado tele­fónico cruzó a Santiago desde el nor­te. El jefe de Estado Mayor de la De­fensa, el general (r) Joaquín Ramírez, recibió el llamado en su oficina. “Un avión peruano viene entrando a nues­tro espacio aéreo. ¿Lo derribamos?”. Consultaron. “¡Negativo!”, fue la res­puesta del general. “Nadie sabía si ese’ era el primero de más aviones, pero no había tiempo para consultas. Chile no iba a iniciar la agresión”, argumen­ta Ramírez. El avión peruano pasó tranquilamente y después se perdió en cielo boliviano.

Aunque Arica ya nunca más volve­ría a ser la indemne ciudad de 1974, se vivía una acelerada preparación béli­ca. El entrenamiento a civiles se inició con un exclusivo grupo de profesiona­les. Algunos de ellos, motorizados, tenían por objetivo realizar actos de sabotaje. También se entrenó a un comando especial de hombres pájaros que, vestidos de negro, despega­rían en la noche desde el Morro de Arica, con armas a las espaldas. Para paliar el peligro aéreo se crearon gigantes pulpos de cemento, que en su centro acogían a una docena de hom­bres, con munición, agua y comida. Fabricados por miles, y diseminados en sectores estratégicos, en ellos re­sistirían el ataque aéreo, para, poste­riormente, salir a la lucha, desplazán­dose por los tentáculos de cemento armado.

Pero en el norte las acciones más importantes eran todas disuasivas. “Si los ejércitos peruanos realizaban ejer­cicios, nosotros hacíamos uno ma­yor”, recuerda un alto militar. Para el 18 de setiembre de 1978, el general Juan Guillermo Toro hizo desfilar en Anca a 40 batallones armados hasta los dientes. Fueron más de dos horas de exhibición de fuerzas, en las que pasaron más de 15 mil hombres. “Lo que nadie supo es que durante la no­che habíamos trasladado a gran parte de esos batallones desde los cuarteles más al sur de Arica”, evoca.

La importancia del elemento dis­uasivo para Chile traspasó incluso las fronteras de América Latina. Cuando la tensión bélica todavía se cernía so­bre el país, el experto militar irlandés Adrian English afirmaba en un libro de análisis militar: “Las Fuerzas Arma­das chilenas tienen la fama de ser las mejores de Sudamérica. No importa que lo sean, ni que sus hombres lo sientan así. Lo más importante es que sus potenciales adversarios, Argenti­na y Perú, lo perciben de ese modo”.

Quienes hoy evocan los sucesos vivi­dos quince años atrás, reconocen que el peligro militar fue el más grave que haya vivido el país en este siglo. Pero, a diferencia de la crisis de 1974, donde existía la certeza de que Velasco Alvarado quería la guerra, esta vez existían mayores dudas respecto de cuál era la voluntad real del Perú. Más aún, cuan­do importantes figuras políticas del Perú mostraban signos contrarios a una guerra con Chile.

Un caluroso día de noviembre de 1978, en Lima, el canciller peruano José de la Puente recibió la visita del embajador argentino, en ese entonces un almirante. Este le venía a proponer, sin rodeo alguno, la alianza militar argentino-peruana en caso de un conflicto con Chile. La respuesta del canciller peruano fue clara. “Usted tiene la mala suerte de encontrarse con un hombre que sabe mucho de la historia, le dijo. Sin dejarlo hablar, le relató paso a paso lo sucedido casi un siglo antes, durante la Guerra del Pacífico. En 1873, Perú Bolivia y Argentina firmaron un pacto secreto en alianza contra de Chile Mientras los dos primeros lo ratificaron, el tercero no lo hizo, eludiendo así el compromiso firmado una vez que se iniciaron las hostilidades.

“Mientras nosotros perdimos seis mil hombres y parte del territorio na­cional —le remarcó el canciller De la Puente al embajador argentino–, ustedes aprovecharon el momento para conquistar pacíficamente la Patagonia”. Y concluyó: “Ahora ustedes quieren que el Perú entre a la guerra, pero después, mientras Chile y Argentina se arreglan, nosotros perdemos Arequipa”.

Días después de transcurrido ese diálogo, De la Puente estaba en San­tiago, oficialmente, para devolver una visita que poco tiempo atrás le había hecho el canciller Hernán Cubillos a Lima. Pero la razón de fondo era otra: De la Puente venía a darle la seguridad al presidente Augusto Pinochet de que Perú no entraría a la guerra. En esos mismos días, otro alto personero peruano tomaba el avión en el aero­puerto de Lima. Se trataba del minis­tro de Guerra y jefe del Ejército, Os­car Molina, quien llevaba a Buenos Aires un mensaje similar al que había traído De la Puente a Santiago. Iba a informarles a los Altos Mandos argen­tinos que Perú no estaba en condicio­nes de entrar a ningún conflicto, por su malograda situación económica.

Las dudas en Santiago persistían porque se pensaba que, llegado el momento, podía imponerse el revan­chismo peruano sobre cualquier con­sideración. “En el estudio de las posi­bilidades siempre hay que considerar la más peligrosa, aunque no sea la posible”, sostiene el general Dante Iturriaga, segundo comandante de la VI División y jefe de Estado Mayor de la Región Norte.

Dentro de ese estudio de las posibi­lidades al que se refiere Iturriaga, uno de los elementos considerados peli­grosos eran las figuras más belicistas del régimen de Morales Bermúdez. Aunque ni él ni su canciller la querían, existían varias personalidades que deseaban la guerra.

Tampoco pasaba inadvertido a los ojos chilenos el ministro del Interior de Perú, en ese entonces, el ‘gaucho’ Cisneros. De fuerte personalidad y grandes influencias, su sobrenombre venía, obviamente, por la fuerte sim­patía que sentía hacia Argentina.

Varias variables, sin embargo, juga­ban a favor de Chile. El presidente Francisco Morales Bermúdez no era partidario de un conflicto. “Creo que he dado muestras más que suficientes de mi deseo de paz; yo nunca he sido un militar belicista”, diría en esos días el mandatario a un personero chileno. Y el canciller De la Puente, a pesar de ser el único civil en el gabinete de Mo­rales, apostaba fuertemente a evitar la guerra. El tenía gran influencia en el mandatario, ya que ambos habían si­do compañeros de colegio, y el abuelo de De la Puente había servido como ministro en el gobierno del abuelo de Morales.

Desde el punto de vista económico, Perú tampoco gozaba de capacidad económica para ingresar al caro juego de la guerra. E, internamente, vivían una transición política que culminaría en las elecciones democráticas de 1980. Las Fuerzas Armadas peruanas ya se encontraban aisladas y criticadas por su gestión. Chile, por su parte, se había fortalecido militar y económicamente en los últimos años, y el norte chileno ya era mucho más poderoso.

La Cancillería chilena, por su parte, desarrollaba sus propias armas y estrategias. Por una parte, se cultivaba una óptima relación entre los cancilleres Cubillos y De la Puente, pero, paralelamente, todo el esfuerzo diplomático de esos meses estaba concentra­do en detener a Argentina. El análisis chileno era que si Buenos Aires desis­tía de su agresión, automáticamente el fantasma bélico peruano desaparecía. Y aunque en cada visita al Departa­mento de Estado norteamericano y a la Comunidad Económica Europea se aprovechaba de informar del peligro peruano y de que el conflicto abría las puertas a un incendio continental, el diagnóstico de la Cancillería fue certe­ro. Apenas Argentina aceptó la media­ción papal y el pequeño e impenetra­ble cardenal Antonio Samoré descen­dió del avión un 22 de diciembre de 1978, la tensión prebélica con Perú se diluyó completamente.

La tensión camuflada – Oiga 16/08/1993

En los tres años que transcurrie­ron, entre las dramáticas horas de 1975 y la crisis de 1978, Chile y Perú vivieron un acercamiento polí­tico que un autor peruano calificó como ‘tierno idilio’. En 1976, Chile nombró como embajador en Lima al actual dirigente de RN, Francisco Bulnes, en un intento del almirante Patricio Carvajal —entonces ministro de Relaciones Exteriores— de reabrir el diálogo. A pesar de que el propio Carvajal —‘un marino duro’— nunca quiso visitar Perú, el solo hecho de enviar a un político significaba un acercamiento. Había que romper el profundo aislamiento en que se en­contraba la embajada de Chile, bajo el mando del general del Aire Máximo Errázuriz. El estilo de Bulnes incluía tomar la iniciativa en materia de amis­tad. A esto ayudaría la ‘diplomacia uniformada’ chilena, que inició un gran acercamiento castrense, lidera­do por el ministro de Defensa, Her­man Brady, y que se enmarcaba per­fectamente en la tónica de la Cancille­ría de esos años. El propio general Pinochet había declarado que prefería “los contactos directos entre mili­tares” para manejar las relaciones entre Chile y el mundo.

Pero mientras desde el Palacio de La Moneda se construía una saludable amistad, los militares del norte no descansaron, a pesar de que la ten­sión había desaparecido. En 1974, miles de hombres habían acampado en el desierto esperando una guerra —sin instalación alguna y poco arma­mento— y eso no debía volver a suce­der. Desde la década del 60, Perú co­menzó a ser considerado en Chile una potencia bélica, y, aunque el peligro inminente de Velasco Alvarado había pasado, los sentimientos revanchistas podían volver a aflorar.

Las tres ramas chilenas continua­ron consolidando lo que habían mon­tado apresuradamente el 74 y 75. Pero el más trascendental cambio del Chile militar de esos años fue la concreción de una vieja idea que había nacido en los años 50 en la Academia de Guerra Militar. Se trataba de la creación de un Ejército, que, en su seno, acogía a dos ejércitos independientes, capaces de dar una lucha paralela en el norte y en el sur. Marcados por la experiencia, “de haber desvestido militarmente” a todo el centro y parte del sur ante el peligro peruano, se realizó la reestruc­turación.
Pero el trabajo de la defensa chilena no obedeció sólo a la fiebre de fortale­cerse. Dos actitudes de las Fuerzas Armadas peruanas inquietaban espe­cialmente en Santiago, y hacían dudar que el ‘tierno idilio’ fuera definitivo. La primera era la ininterrumpida adquisi­ción de armamento, a pesar de la lle­gada de Morales Bermúdez. Mientras en 1975 llegó a Lima una partida de 200 tanques T55 de origen soviético, en 1977 adquirían 36 aviones bombar­deros SU-22, ambas compras por un valor de US$ 433 millones, según Ar­med Forces Journal International, publicación que la destaca como la mayor adquisición de material bélico en la historia de Latinoamérica. En esa época también se inicia el proceso de estandarización en el material bélico de las Fuerzas Armadas peruanas y argentinas. Las compras de armas de ambos países son de una similitud tan coincidente, que hace pensar en con­sultas mutuas. “El grado de estandari­zación de los sistemas de armas en ambas naciones sería sorprendente de no mediar un acuerdo previo”, sos­tiene el cientista político Emilio Mene­ses. Ambos países construyen una misma espina dorsal para sus Fuerza Aérea, Marina y Ejército, con el mis­mo tipo de aviones, submarinos y mu­niciones. Además, los aviones milita­res de una nación operan en aero­puertos y pistas del otro. Chile obser­va estos lazos militares —muy poco usuales en el mundo, aparte de las alianzas tipo OTAN y Pacto de Varso­via— con inquietud. Nada bueno pa­recían vaticinar”.

Incidentes diplomáticos - Oiga 16/08/1994

El 13 de diciembre de 1978, mientras la tensión prebélica alcanzaba su máximo nivel con Argentina y Perú, un pequeño barco petrolero chileno – el “Beagle”– llegó a cargar combustible al puerto de Talara, ubicado a 970 kilómetros al noroeste de Lima. Como correspondía a un barco de guerra, el ‘Beagle’ llegó armado esa mañana del 13 de diciembre recalando en el muelle Nº 2, el único equipado para embarque de petróleo. De los 91 tripulantes sólo 10 fueron autorizados para pisar tierra, entre ellos el coman­dante de la nave, capitán Sergio Jarpa Gerhardt hijo del actual senador de RN— y el teniente Alfredo Andohaze­gui Álvarez. Ambos regresarían a Chile dos días después por vía aérea tras ser apresados y acusados de espionaje, convirtiéndose en los principales protagonistas de una complicada trama que culminaría en una grave crisis diplomáti­ca. Pero ese no sería el único incidente que enturbiaría las tensas relaciones. Presionado por la inminencia de la gue­rra con Argentina, Chile desplegó gran parte de sus esfuerzos en el frente nor­te, en una guerra subterránea donde la información más valiosa a rescatar eran los planes peruanos en caso de conflic­to y sus capacidades bélicas: Pero si Talara constituyó una amarga derrota para los servicios de inteligencia chile­nos, ese suceso pasaría rápidamente a segundo plano tras otro fracaso en el plano del espionaje, cuyo epílogo sería la expulsión del embajador chileno en Perú, el actual dirigente de RN, Francis­co Bulnes Sanfuentes.

Al día siguiente de la recalada del `Beagle’, una camioneta de la embajada chilena recogió en tierra al comandante Jarpa y al teniente Andohazegui. El automóvil, manejado por un suboficial de inteligencia, había sido enviado por el agregado naval chileno en Lima, el capitán Jorge Contreras, hermano del ge­neral Manuel Contreras. Lo que nadie sabía era que desde Lima agentes de inteligencia peruana venían siguiendo a la camioneta celeste.

Pocas horas después, en plena carre­tera Panamericana, los chilenos fueron detenidos por un automóvil de la Fuer­za Aérea Peruana, acusados de estar tomando fotos estratégicas a la base aérea ‘El Pato’, ubicada en las cercanías de la ciudad. En poder del chofer se encontró una máquina fotográfica.
La Cancillería limeña y la embajada chilena se activaron inmediatamente: A las 19.00 horas de ese mismo, día el Can­ciller José de la Puente citó al embaja­dor Bulnes a sus oficinas, para informar­le de los hechos. Difícil tarea enfrentaba el diplomático chileno, ya que el canciller peruano le recordó que apenas dos meses atrás habían tenido otro caso de espionaje chileno, que el gobierno de Morales Bermúdez había aceptado si­lenciar.

Los hechos a los que se refería De la Puente se habían desencadenado el 12 de octubre de 1978, cuando un ex sub­oficial de la Fuerza Aérea Peruana, Julio Vargas, había sido detenido, tras ser acusado de vender información clasifi­cada de la base aérea la Joya a perso­nal de la embajada chilena. El joven peruano efectivamente había golpeado las puertas de la embajada ofreciendo material secreto. Según su propia na­rración, Vargas, en tratamiento psiquiátrico durante seis meses, decidió acer­carse a los chilenos tras meses de ce­santía. El suboficial había sido dado de baja de la Fuerza Aérea por insuficien­cia profesional.

Si bien el agregado aéreo chileno, el general (r) Vicente Rodríguez, inicial­mente dudó en aceptar los planos del aeropuerto militar de Arequipa que le ofrecía Vargas, el consejero administra­tivo y agente de la Dina, Juan Chimene­lli, se interesó e inició contactos esta­bles con el nuevo Colaborador de la embajada. Utilizando su carné de subo­ficial retirado, el joven peruano ingresó a diversas instalaciones militares entre agosto y octubre de 1978, hasta que fue detenido por los servicios de inteligen­cia que lo habían detectado saliendo de la embajada chilena.

Al confesar su labor de espionaje, la Cancillería peruana acordó con el em­bajador Buines guardar silencio a cam­bio de que los cuatro funcionarios chilenos implicados –Chimenelli, Rodrí­guez, y otros dos, Ricardo Aqueveque y el agregado aéreo adjunto– salieran rápidamente del país, y se les hiciera sumario en Santiago.

Pese a que en el caso Vargas; Chile no podía sostener defensa alguna, el canciller De la Puente aceptó nueva­mente silenciar los sucesos de Talara, con la condición de que los marinos salieran inmediatamente del país y se les estableciera algún tipo de sanción en Chile. El movimiento tenía que hacerse rápidamente, ya que corrían el peligro de ser condenados a muerte.

Aunque en el caso de Talara las prue­bas en contra de los marinos parecían contundentes, acuerdos como al que llegaron De la Puente y Babes no eran tan extraños en esa época, ya que había un enorme tráfico de espías entre los gobiernos militares de la región.

Entre otras garantías ofrecidas a los chilenos, De la Puente ordenó que és­tos viajaran desde Talara a Lima en un avión de la Fuerza Aérea Peruana, acompañados de un diplomático de ese país. Su función, obviamente, era resguardar a los chilenos acusados de es­pionaje. Paralelamente, el barco chileno ‘Beagle’ era impedido a abandonar el puerto de Talara, que había sido ocupado por tropas como medida precauto­ria.

Trasladados a Lima, Jarpa y Andohazegui iban a ser embarcados directamente con destino a Santiago. Sin em­bargo, cuando los encañonados marinos salieron a la losa del aeropuerto, se encontraron con un puñado de perio­distas que observaban atónitos la esce­na. Por una casualidad, ese día llegaba por primera vez a Lima un avión Jum­bo, y los reporteros se encontraban allí para cubrir la noticia. El caso, que había sido manejado con tanta discreción por la Cancillería peruana, explotaría en toda su magnitud una semana después cuando el semanario El Tiempo publicó toda la historia. Pocos días más tarde, el rostro del capitán Jarpa —que hasta ese momento había logrado mantener­se en el anonimato— aparecía en el reportaje principal de la revista Caretas con un vendaje en la frente, atribuido al trato que recibió mientras estuvo dete­nido.

La complicada trama se enturbiaría aún más. En Lima comenzaron a pre­guntarse qué es lo que verdaderamente estaba haciendo el ‘Beagle’ en el puerto de Talara. Y es que el buque, que nece­sitaba sólo dos días para cargar com­bustible, llevaba ya ocho en el puerto. Además, los oficiales encargados —Jarpa y Andohazegui— eran infantes de marina, especialidad que no con­cuerda con el hecho de estar al mando de un petrolero y, por tanto, los hacía sospechosos a los ojos de los peruanos. En lugar de los 30 tripulantes armados que usualmente ocupa un petrolero de esa envergadura, iban 91 hombres a bordo. La tesis que circuló en Perú era que el ‘Beagle’ se había dirigido a Talara, en esa fecha crítica, para que —en el caso de que estallara el conflicto con Argentina— especialistas apostados en el barco pusieran explosivos para volar el puerto, versión desmentida por los uniformados chilenos.

Aunque tales planes nunca pudieron ser comprobados, de ser efectivos Perú habría quedado incapacitado para en­trar al conflicto, ya que precisamente por Talara circula todo el petróleo pe­ruano proveniente de la selva.

Dos sucesos diplomáticos se suma­rían a la crisis de espionaje. Uno de ellos fue la llamada telefónica que, alrededor del 20 de diciembre, hiciera el almirante Merino a su par en Perú, almirante Jor­ge Parodi. En su intento de apaciguar la situación, Merino —con su peculiar sentido del humor— se refirió por telé­fono en forma ‘festiva’ al escándalo que estaba haciendo la Fuerza Aérea Perua­na. Y, en buen chileno, le comentó a su amigo que los generales del Aire veci­nos no eran tan caballeros como los marinos. Lo que Merino no sabía era que su conversación había sido grabada íntegramente por oficiales de inteligen­cia de la Fuerza Aérea Peruana, quie­nes plantearon una queja formal ante el embajador Bulnes. Posteriormente, en un informe confidencial de la Cancillería chilena, se reconocería que uno de los elementos que agravó la crisis fue la conversación del almirante Merino.

A esto se agregó la ausencia del sumario a los marinos Jarpa y Andohaze­gui, como se le había prometido al go­bierno peruano. En rigor, en la Armada se inició una investigación, aunque de­masiado tarde para las intenciones pe­ruanas. Detrás de la dilatación del su­mario se encontraba la mano del almi­rante Merino, quien se negó a que se iniciara una investigación. Esta comen­zó sólo cuando Merino tomó sus vacaciones de verano y fue reemplazado por el almirante Arturo Troncoso.

De la excesiva tardanza en realizar los sumarios se habían impuesto en Lima los sectores más duros del gobier­no, quienes estaban deseosos de co­brarle un alto precio a Chile. Como se reconocería en un informe confidencial de la Cancillería, “la tensión, producto de un error de nuestros servicios de inteligencia, pudo haberse salvado si hubiéramos tomado medidas internas con los que participaron en los hechos”.

El tribunal militar peruano dictaminó, en enero de 1979, que el ex colaborador chileno, el suboficial Vargas, moriría fusilado por traición alta patria. La única posibilidad de indulto quedaba en ma­nos del Consejo de Ministros. Pero tras una tormentosa reunión, el Consejo ratificó la sentencia. En esa misma reu­nión es cuando se decidió cobrarle un alto precio a Chile. Pese a la oposición del canciller De la Puente y el voto en contra de los marinos, el embajador chileno Francisco Bulnes es nombrado persona no grata. Dos días después, el 20 de enero, saldría de Lima sin hacer declaraciones. Su único comentario sobre el episodio sería un enérgico “¡no sea idiota”, cuando, al abandonar Lima, se le preguntó en el aeropuerto si había estado implicado en la trama del espionaje.

Durante los siguientes tres años, Chi­le y Perú mantendrían sólo relaciones consulares, sin embajadores acredita­dos”.

La guerra secreta de Pinochet - Oiga 16/08/1993

LA misma revista ‘Qué Pasa’ publica en su sección cartas una del diplomático Leonidas Irrazabal Barros, funcionario de la embajada de Chile en Lima entre los años 1974-1975 en que esa pu­blicación coloca el escenario de la confrontación bélica peruano-chi­lena que no se produjo. El diplomá­tico narra la siguiente anécdota:



“Viví en Lima dos de esos años, entre 1974 y 1975, a cargo de la misión diplomática como ministro consejero de la misma. Es efectivo que Chile tenía en el Perú a un em­bajador bloqueado por las circuns­tancias políticas y otras de carác­ter personal. Así y todo, los chile­nos les debemos a ese embajador, el general del Aire, don Máximo Errázuriz W., una inmensa grati­tud. Al negarse, a último momen­to, el general Pinochet a concurrir a las celebraciones de los 150 años de la batalla de Ayacucho, fui testi­go del siguiente diálogo entre el Presidente peruano y el embajador de Chile: “¡Máximo, carajo! ¿Por qué no trajiste a Pinochet?”. La respuesta del diplomático: “¡Chino desgraciado! ¡Si no vino mi general es porque tú invitaste a sus espal­das al cubano... (calificativo irreproducible) de Roa!”. Todos los presentes en esa inauguración pensamos que en ese momento se iniciaba el conflicto armado que Velasco Alvarado venía preparan­do desde hacía tiempo.

Sin embargo, los dos hombres habían sido amigos en su juventud, a raíz de unos cursos que ambos habían seguido en la zona del Canal de Panamá. Por unos instantes pri­mó ese viejo afecto sobre los insul­tos intercambiados. Pocos días más tarde, el Presidente del Perú decidió enviarle la condecoración conmemorativa de Ayacucho al Presiden­te de Chile, a pesar de su ausencia. Este último, le devolvió el gesto en­viándole una pintura abstracta, a mi juicio bastante fea. Me correspon­dió entregársela en el Palacio de Pizarro. El ‘Chino’ dio varias vueltas al cuadro, colocándolo en diversas posiciones, con resultados muy similares. Me miró fijo y me dijo: “Dé­le mis agradecimientos. ¡Es tan bo­nito su cuadro que ya sé dónde lo voy a colgar!”.

“Fue un error no haber intervenido a tiempo” - Dice Vargas Llosa sobre el terrorismo en Ayacucho

El sábado, poco antes de la conferencia de prensa que ofreció en el Colegio de Periodistas la Comisión Investigadora de la masacre de Uchu­raccay, el escritor Mario Vargas Llosa recibió, en su casa de Barranco, a OIGA, y se explayó por más de una ho­ra sobre las conclusiones contenidas en el informe qué él preparó y redactó junto con el penalista Abraham Guz­mán y el periodista Mario Castro.

Vargas Llosa dijo en referencia al in­forme que “la verdad se ha abierto pa­so en torno a un hecho cuyo esclare­cimiento reclamaba con urgencia la conciencia del país entero”, y pidió que se extraigan del informe las conclusio­nes apropiadas “para evitar en el fu­turo otra catástrofe de este tipo”. En­fatizando que el “primerísimo responsable” de la violencia en Ayacucho es “Sendero Luminoso”, Vargas Llosa criticó al gobierno “por no haber reaccio­nado de una manera enérgica desde el principio”. También expresó su preocu­pación por el “peligro” del incremento de rivalidades étnicas en la sierra cen­tral a causa de la presencia de “Sende­ro” y de las fuerzas del orden, y desa­rrolló algunas conclusiones del informe, que sin duda darán al lector una perspectiva más adecuada del mismo. Extractos del reportaje:

¿Qué experiencia le ha dejado su par­ticipación en la Comisión Investigadora?
-Todavía no tengo suficiente distan­cia como para poder apreciarla. Ha si­do un mes muy intenso, de mucho tra­bajo y también de una enorme preocu­pación. Tengo la impresión de haber tra­bajado en esto 24 horas al día, y en un sentido creo que es verdad porque pa­samos muchas horas entrevistando gen­te, revisando documentos o cambiando ideas entre nosotros -Guzmán Figue­roa, Mario Castro y yo- y luego bue­na parte de la noche a mí se me iba tratando de organizar mentalmente to­do lo que había visto y oído.

Al mismo tiempo, he vivido con una enorme angustia no tanto a causa de los hechos que íbamos descubriendo si­no por la necesidad de jerarquizar es­tos hechos; eso me parece, en el caso del informe, algo tan importante como los hechos mismos que se tratan de es­clarecer. Estoy seguro que a la distan­cia todo esto va a ser una experiencia muy importante en mi vida, pero to­davía no tengo distancia suficiente co­mo para poder juzgarla.

Al comienzo del informe se destaca el hecho de que salvo contadas excepciones -tres- gran cantidad de gente acudió a testimoniar ante la Comisión, a pesar de que ésta no tenía poder coercitivo. ¿Pero hubo la misma volun­tad de esclarecimiento en todas las personas que ustedes interrogaron?
—Si usted lo que me pregunta es si los datos que nos proporcionaban las personas tenían todos la misma credi­bilidad, pues no. Había personas que actuaban de buena fe; otras que iban a declarar con un propósito determi­nado y algunas que tenían la voluntad muy evidente de ocultar ciertos datos o incluso distorsionarlos.

Por eso creo que el trabajo de eva­luación de la credibilidad de los testi­monios ha sido importantísimo. Y al­go que quisiera destacar es el hecho que una Comisión cuya función fue me­ramente informativa haya podido tra­bajar con la cooperación de un gran número de personas —militares, políti­cos del gobierno y de la oposición, ciu­dadanos independientes— y creo que eso sólo es posible dentro de un régi­men democrático. En una dictadura, en un régimen autoritario o totalitario, no habría podido funcionar una comi­sión de este tipo y esa es una de las cosas positivas en todo este desgracia­do asunto.

Una de las razones por las que acep­té este encargo —que evidentemente no tenía ningún incentivo sino el de futu­ros dolores de cabeza— era porque me pareció que una de las cosas para la que sirve ésta democracia que a ratos nos parece defectuosa e ineficiente, es que en ella es posible esclarecer la ver­dad, aunque resulte incómoda, porque existen mecanismos que permiten que esa verdad trasluzca. Y creo que en este caso la Comisión ha podido demos­trar que, en el imperfecto y sistema democrático que está resucitando el Perú, la verdad se ha abierto paso en torno a un hecho cuyo esclarecimiento recla­maba con urgencia la conciencia del país entero.

La Comisión recibió varias críticas desde el momento mismo de su creación. Hubo quienes pusieron en tela de juicio su independencia, ya que fue nombrada por el Ejecutivo; otros, di­jeron que interfería en la labor del Po­der Judicial.
—Hay que recalcar la absoluta inde­pendencia con la que trabajamos. El gobierno nos dio facilidades logísticas, pero no hemos recibido la más míni­ma interferencia en nuestro trabajo; ni la más mínima presión, que ninguno de los tres miembros de la Comisión, por otra parte, hubiéramos aceptado.

De otro lado, me parece una preocu­pación más bien bizantina el si esta Comisión pudiera perturbar la instruc­tiva judicial. La función de la Comi­sión fue informativa, en lo esencial igual a la que podría llevar adelante cualquier órgano de prensa, estación de radio o televisión que trata de escla­recer la verdad y darla a conocer al público. Esto de hecho lo hacen común­mente los medios de información —algunos con buenas y otros con malas intenciones— y no se considera una obstrucción en la labor del Poder Ju­dicial.

El problema es que lo ocurrido en Uchuraccay provocó una gran conmo­ción nacional y además mucha inquie­tud internacional respecto a lo que su­cede en el Perú. El Poder Judicial tie­ne plazos determinados para realizar la instructiva, de tal manera que has­ta que culmine el proceso, si es que llega a culminar, van a pasar muchos meses, tal vez años. Y hasta entonces, era importante que la preocupación de la opinión pública quedara de alguna manera satisfecha. Por otra parte, la Comisión Investigadora nació inmedia­tamente después de un acuerdo de la célula parlamentaria aprista, institu­ción que lanzó la idea y se la propuso al gobierno, que aceptó la sugerencia. De esta forma, Legislativo y Ejecutivo, gobierno y oposición, coincidieron en la creación de la Comisión. Por ello, me parece aventurado y exagerado rizar el rizo, como dicen en España, y pen­sar que se pretendió violar la Consti­tución u obstruir el trabajo del Poder Judicial. El problema aquí, como muy bien lo planteó OIGA en un editorial, es básicamente moral. Por encima de los cuestionamientos jurídicos hay una justificación de tipo ético en la crea­ción de esta Comisión y ese es, justa­mente, el motivo principal que me lle­vó a aceptar este trabajo.

¿No cree usted que el informe, por la diversidad de sus conclusiones, se presta a ser utilizado como argumen­to tanto a favor como en contra del gobierno?
—El informe ha sido hecho con el objetivo de esclarecer la verdad y pa­ra esto se prescindió de toda conside­ración política. No era nuestra misión pensar a quien puede servir el informe o quien puede sacarle mayor provecho. Se trataba de averiguar qué había ocu­rrido, cómo había ocurrido y por qué. Entonces, nos hemos enfrentado a una realidad compleja, en la que hay responsabilidades diversas compartidas por distintas personas e instituciones. Quien vea en el informe un servicio he­cho al gobierno o a los críticos del go­bierno está malinterpretándolo.

Creo que el informe establece con mucho cuidado una jerarquización de las distintas responsabilidades y que eso está matizado con bastante rigor. Ahora, que haya una utilización en al­gunos casos tergiversada del informe es inevitable. Pero mi esperanza es que el grueso de la opinión pública vea en el informe lo que nosotros hemos que­rido poner.

Sin embargo, una encuesta realizada por Gallup a pedido de OIGA, y que es publicada en la misma edición que aparece este reportaje, arroja un resultado sorprendente: el 21 por ciento de los encuestados considera que el go­bierno es el principal responsable de lo que le ocurrió a los periodistas.
—Eso indica justamente el gran des­concierto y la falta de información del grueso de la opinión pública frente a este asunto. Y eso es comprensible, por­que quizás lo más escalofriante del in­forme es que ni siquiera los protago­nistas —víctimas o autores— de la tra­gedia han sido totalmente conscientes de lo que estaba ocurriendo. El malen­tendido atroz del que resulta la muer­te de los ocho periodistas parte de un mutuo desconocimiento: los campesi­nos de Uchuraccay creen que los ino­fensivos periodistas que llegan a la co­munidad son terroristas que van a ata­carlos; y es muy posible que los pro­pios periodistas no hayan llegado a sa­ber por qué morían, ni quienes los ma­taban. No está descartado que ellos ha­yan creído ser atacados, por ejemplo, por senderistas, o incluso por Sinchis disfrazados de campesinos. Hay una se­rie de desconocimientos mutuos en to­da esta historia, detrás de los cuales aparece una problemática nacional: las enormes distancias que separan a los peruanos de diferentes regiones, clases sociales y culturas.

Ojala que el informe, además de ha­ber esclarecido hechos concretos, sirva para recordar la existencia de esa pro­blemática. Recordarnos que los hom­bres que viven, por ejemplo, en las al­turas de Huanta, tienen usos, costum­bres, sistemas de vida y jurídico que tiene muy poco que ver, por no decir que no tiene nada que ver, con el es­tilo de vida de Lima. Creo que es muy importante recordar esto para evitar que en el futuro sucedan catástrofes como la de Uchuraccay.

¿Quiénes son los responsables de esa incomprensión a la que usted alude?
—Creo que de esa incomprensión es parte responsable el gobierno, como lo es la oposición, como lo son los senderistas, que también se han llevado una mayúscula sorpresa con lo que le está ocurriendo en las comunidades iquichanas.


Estoy seguro que los senderistas jamás sospecharon que podía haber una movilización tan decidida, tan enérgica, tan feroz incluso, contra sus destacamentos. Y la sorpresa se la llevaron porque no conocían a esas comunidades iquichanas, no habían estudiado lo suficiente su tradición, sus problemas sus complicadísimas relaciones con la otras comunidades de los valles. No me extraña que las encuestas de Gallup den ese tipo de resultados. Hay un desconocimiento de lo que se juzga, entonces, nos basamos en el instinto o en simples fantasías.

¿En cierta medida la conclusión final del informe es que todos somos moral e históricamente, responsable de lo ocurrido?
—Sí, por supuesto, creo que hay un, responsabilidad compartida. La confusión de los hombres de Uchuraccay ni es casual, tiene que ver con unas condiciones de vida, con una situación de abandono, de desamparo, de la cual es responsable el Perú oficial.

¿Qué quiere decir cuando se refiere al “Perú oficial”?
—Hablar de un Perú oficial es habla de una gran mayoría de peruanos que ha ignorado y sigue ignorando y desdeñando a los peruanos de lo que Basadre llamaba el Perú profundo. Ahora, esto no quiere decir que el informe trate de disolver la responsabilidad dentro de una masa anónima de personas, no, no en absoluto. Creo que también hay una jerarquización muy clara, hay causas mediatas e inmediatas.

¿Podría extenderse sobre esas causas mediatas e inmediatas?
—Dentro de las causas inmediata hay, primerísimamente, la responsabilidad de “Sendero Luminoso”, que ha declarado una guerra y ha estableció reglas de juego para esa guerra. Y ha declarado la guerra a un sistema que estaba saliendo de una dictadura e iniciando una vida democrática, ha precipitado a este sistema a una guerra que no es sólo sucia sino efectivamente inmunda. Y los efectos de la inmundicia que hay detrás de este tipo de guerra están también detrás la confusión en la que murieron los periodistas.

Pero hay quienes opinan que se ha generado una violencia contrainsurgen­te peligrosa...
—Por supuesto, porque en el Perú las instituciones son defectuosas. Si el Parlamento funciona a veces de una manera que nos da lástima; si los par­tidos políticos incumplen sus deberes democráticos; si en el Poder Judicial ve­mos que constantemente tiene equivo­caciones, indicios de corrupción e ine­ficiencia; ¿por qué las fuerzas armadas y policiales serían instituciones intacha­bles y ejemplares? Padecen de los mis­mos vicios del subdesarrollo y de la falta de una tradición democrática.

Y cuando “Sendero Luminoso” decla­ra la guerra a esas fuerzas policiales sabe muy bien que no se va a enfren­tar a los guardias suizos ni a la poli­cía sueca. Se va a enfrentar a los Sinchis, se va a enfrentar a una institu­ción muy primitiva, que además tiene graves problemas de incomunicación con el mundo en el que opera, que es­tá exacerbada y exasperada por los ase­sinatos sistemáticos de sus miembros que emprende “Sendero”. Y entonces eso ha causado, por supuesto, abusos, atropellos, indisciplina. Lo más terri­ble es que probablemente entre los cálculos de los senderistas estuviera ese tipo de violencia, para que esa vio­lencia fuera arrojando hacia la insu­rrección a sectores importantes de la población campesina. Ese era un cálcu­lo muy frío y muy cruel porque partía del sacrificio de inocentes para los fi­nes de una causa política.

Todo esto está detrás de la muerte de los ocho periodistas y eso es impor­tante que se discuta y se saquen las conclusiones lógicas del caso. Yo creo que el informe no trata de exonerar la cuota de responsabilidad del gobierno.

¿Cuál es esa cuota?
—Esa cuota de responsabilidad tie­ne que ver, en primer lugar, con no haber reaccionado de una manera enér­gica desde el principio, cuando estalla la rebelión. Una de las obligaciones de un gobierno democrático es defender la democracia. Y la deserción sistemá­tica que se produce en todas las comi­sarías del valle de Huanta; el hecho que se cierren las comisarías de los lu­gares donde hay atentados, que esa po­blación quede desamparada y entrega­da prácticamente a la influencia de “Sendero”, porque está lejos, porque es remota, porque al gobierno no le in­teresaba en ese momento reconocer que había subversión, esa es una res­ponsabilidad muy grande del gobierno.

Hay también responsabilidad por no haber contraatacado en el plano eco­nómico y social en una región donde hay problemas económicos y sociales terribles, donde hay una pobreza es­pantosa que es indudable caldo de cul­tivo para la propaganda terrorista.

Pero estas responsabilidades no es­tán en el mismo nivel que las responsabilidades de quienes han declarado la guerra y están aplicando el terroris­mo, que se consideran con derecho a matar en nombre de una utopía, y esa es la responsabilidad de “Sendero Lu­minoso”.

Tampoco hay en el informe un inten­to de exonerar a los campesinos de Uchuraccay porque son primitivos. No, se señala muy claramente su responsabilidad. Lo único que pide el informe es que la actuación y el comportamien­to de esos campesinos se encuadre den­tro del contexto en que ha tenido lu­gar. Esos hombres han sido profunda­mente perturbados en su vida diaria por las acciones senderistas, esos hom­bres viven en condiciones muy preca­rias. Y entonces tener que dar sus ani­males o sus habas o sus papas a gen­te que les habla en un lenguaje difí­cil, porque las teorías de Mao o del propio Mariátegui para los comuneros de Uchuraccay son literalmente esoté­ricas, significa para ellos pura y sim­plemente la intromisión y la prepoten­cia. Ha sido una perturbación muy pro­funda. Y esa gente ha reaccionado co­mo tradicionalmente lo ha hecho cuan­do ha sentido que su vida íntima era agredida e invadida. Si además de eso hay otra presencia, la de la única auto­ridad que ha llegado alguna vez allí, que les dice que deben actuar de una manera enérgica... pues han actuado así. Entonces esa culpa está condicio­nada por todos esos factores, que hay que tener en cuenta a la hora de seña­lar responsabilidades.

¿Cómo es que la Comisión tiene la “convicción absoluta” de que los Sinchis “no han instigado sistemáticamen­te el asesinato como medida de defen­sa” y en cambio su convicción es “re­lativa” en lo que concierne al caso con­creto de Uchuraccay?
—La Comisión no tiene la menor du­da de que no ha habido ni hay una planificación destinada a azuzar a las comunidades a matar forasteros. Las declaraciones tanto de las autoridades militares, como las declaraciones de los campesinos y de distintos infor­mantes indican que no existe tal polí­tica sistemática. Creo que ni siquiera tienen las fuerzas del orden que luchan contra “Sendero” en Ayacucho la in­fraestructura mínima para aplicar una política de esas características, ni tie­nen la comunicación suficiente con las comunidades como para poder aplicar esta política.

En lo que a Uchuraccay respecta, no­sotros creemos la versión que dan los comuneros, de que cuando pidieron protección a los Sinchis contra los senderistas, los Sinchis les dijeron “de­fiéndanse ustedes y mátenlos”. En lo que respecta a “otras comunidades, esa investigación no estaba dentro de nues­tra competencia, por lo que no pode­mos decir que ha ocurrido así con otras comunidades. Es por eso que ha­blamos de convicción relativa.

¿Pero queda descartada la posibili­dad de que las fuerzas del orden ha­yan infiltrado las comunidades indíge­nas para “motivarlos” en una dirección o en otra?
—Mire, creo que si las fuerzas del orden estuvieran en condiciones de ha­cerlo, probablemente lo harían. No veo nada ilegítimo en que se convenza a los campesinos a cerrar filas contra “Sendero”; lo que sí sería negativo es la utilización de métodos antidemocrá­ticos. Pero en la práctica, esa infiltra­ción me parece muy difícil. La zona de emergencia tiene 120 mil kilómetros cuadrados y yo calculo que las fuerzas del orden no pasan de los 1,200 hom­bres, lo que hace más o menos 1 solda­do o guardia por cada 100 kilómetros cuadrados. Y sólo tienen ocho helicóp­teros con capacidad cada uno para seis personas. De tal manera que es inge­nuo pensar que esa fuerza minúscula está en condiciones de infiltrar a los cientos de miles de campesinos que vi­ven separados por distancias enormes y en zonas abruptas. No entiendo có­mo podría ser posible, aún si todo el Ejército peruano estuviera allí, llevar a cabo esa política de infiltración que denuncian ciertos órganos de prensa.

¿Entonces la reacción de las comuni­dades contra “Sendero” es más espontánea que inducida?
—Básicamente espontánea, sin ningu­na duda, creo que eso es clarísimo en el informe y en el caso de los iquicha­nos no hay ninguna duda. Si los “Sinchis” no los hubieran visitado, la gen­te de Uchuraccay hubiera peleado lo mismo. Pensar que una frase de los Sinchis —“defiéndanse, mátenles”— ha­ya sido el factor desencadenante de la movilización contra “Sendero” es tener una visión errónea de las comunidades campesinas, que son mucho más astu­tas respecto a la defensa de sus inte­reses de lo que creen quienes les atri­buyen determinadas actitudes.

Ahora, como lo plantea el informe, hay un problema ético y moral: ¿has­ta dónde puede llegar una democracia para defenderse?

—Ese es el gran problema para mí.

Y la Comisión reconoce, por otra par­te, que las fuerzas del orden no pue­den cruzarse de brazos ni ponerse a repartir caramelos...
—Mire, ese es el gran problema, exac­tamente. Yo quiero que sobreviva el sistema democrático en el Perú, porque estoy convencido de que con to­das sus limitaciones y defectos es pre­ferible a una dictadura tipo Pinochet o a un sistema totalitario como sería “Sendero Luminoso” en el poder. Y creo que si la democracia es atacada tiene que defenderse, y si la obligan a luchar, pues tiene que librar esa gue­rra. Pero hay un límite que no debe ser transgredido porque sino la demo­cracia deja de ser democracia, se nie­ga a sí misma. Que se produzcan vio­laciones es inevitable, por el tipo de guerra que se está librando, pero la democracia está obligada a una vigilan­cia sistemática —a través de la pren­sa, el Parlamento, los partidos políti­cos, el Poder Judicial— para impedir los excesos. Y como la Comisión señala en el informe, desde que las fuerzas armadas han tomado el control de las operaciones en la zona de emergencia, los excesos han disminuido conside­rablemente. Los informantes que en Huanta y en Tambo acusaban muy se­veramente a los Sinchis nos han dicho que con la llegada de los infantes de Marina ha habido un cambio positivo en las relaciones con la población. Pe­ro no creo, de otro lado, que se pueda derrotar a “Sendero” sólo en términos militares; la única forma de erradicar totalmente a los senderistas de Ayacu­cho es mediante una ofensiva social y económica que mejore las condiciones de vida de la población.

Hay quienes creen que la utilización de las comunidades campesinas que se oponen a “Sendero” contra aquellas que por convicción o por presión terrorista apoyan a los senderistas termino sembrando la semilla de una guerra ci­vil y que incluso si “Sendero” es erradicado, quedaría en Ayacucho latente una bomba de tiempo...
—Este es un peligro absolutamente real, un peligro que además hoy día ya es una realidad en muchos senti­dos. El mundo andino no es homogé­neo, es un mundo heterogéneo, lleno de rivalidades étnicas y regionales. Una guerra civil, como en cierta forma es esta guerra contra “Sendero” en el De­partamento de Ayacucho, provee una especie de cobertura para que esa vio­lencia —latente, con rivalidades étni­cas o regionales— se incremente y ad­quiera unas proporciones terribles.

¿Se está abriendo entonces una peli­grosa caja de Pandora?
—Muy peligrosa caja de Pandora. Su­mamente peligrosa, de eso no hay nin­guna duda. La Comisión lo dice: antes de la muerte le los periodistas nadie —porque me he tomado el trabajo de revisar todas las publicaciones— ni del gobierno ni de la oposición planteó el problema que representa para la demo­cracia el que los campesinos empiecen a hacer justicia por sus propias ma­nos. La oposición de extrema izquier­da tampoco, pues a lo único que se li­mitó es a dudar de que los campesi­nos hubieran matado a los senderistas y a sugerir que fueron Sinchis disfra­zados. El problema sólo se ha plantea­do una vez que se produjo la muerte de los periodistas. Por eso me parece fariseo responsabilizar exclusivamen­te al gobierno. Esa es una responsabi­lidad que compartimos todos. Cuando han aparecido los ocho cadáveres de los periodistas nos dimos cuenta que efectivamente es muy grave abrir una caja de Pandora.